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domingo, 29 de diciembre de 2013

'En llamas': In crescendo... con el freno de mano


La esperada (su estreno en USA fue el cuarto mejor de la historia, solo superado este año por el de Iron Man 3) secuela de Los juegos del hambre nos ratifica en las sensaciones que nos dejó la primera entrega: estamos ante algo grande, pero que no acaba de alcanzar la altura cinematográfica que promete su potencial.

La obra de SuzanneCollins nos habla de rebelarse ante un sistema que crea esclavos para las clases altas, donde, como dice la protagonista, Katniss, en En llamas, unos pasan hambre mientras otros vomitan para no dejar de comer. Una situación que, de hecho, vivimos hoy en día, al igual que desde que el hombre inició su historia, aunque en Los juegos del hambre, como ocurre en la ficción, es exagerada hasta el infinito.

Valga como ejemplo que, si a alguien se le ocurre manifestarse, disentir de la opinión del Gobierno/Dictador de turno, en En llamas simplemente se le pega un tiro en la nuca. Más civilizado, el PP ha ideado en España una bonita ley antimanifestación a base de multas astronómicas, que persigue idéntico fin.

Tras los hechos ocurridos en Los juegos del hambre, empiezan a soplar aires de rebelión, así que el Capitolio usa la mano dura para sofocarlos. De esto veremos poco en el film, que pasa bastante de puntillas sobre estas cuestiones para garantizarse el éxito comercial, aunque, como ya he apuntado, no renuncia por completo a remover la conciencia social. Además, tiene la coartada de que la propia Katniss no es plenamente consciente de lo que está ocurriendo y va asumiéndolo a medida que avanza el metraje.

La película se centra, pues, en los intentos del dictador, magistralmente encarnado por Donald Sutherland, y su nueva mano derecha, a cargo de Philip Seymour Hoffman, por desacreditar a Katniss, convertida en símbolo de la rebelión. Primero intentará atraerla a la causa, luego destruir su imagen pública, y por último, matarla.

Hasta que toma esa última decisión tenemos la mejor parte de la película, aproximadamente la primera mitad, en la que la trama avanza hacia donde debería, convertida en un drama con tintes sociales, donde la protagonista rechaza una y otra vez su condición de mesías, que supera con mucho la típica película de triángulo amoroso juvenil. Nada que ver con la primera entrega de Crepúsculo.

Pero esto es Los juegos del hambre, así que entramos en la repetición de la primera entrega, con una nueva sesión de esos juegos de acción en los que solo puede haber un superviviente. Como en toda secuela hay que dar más de lo mismo, ahora quienes luchan son los ganadores de anteriores ediciones, lo que permite enriquecer el reparto con Jena Malone, Jeffrey Wright o Amanda Plummer.

El director, Francis Lawrence, que desde luego firma aquí su mejor película, bastante por encima de su floja adaptación de Soy leyenda (2007), se las ingenia para convertir esta parte del film en un carrusel de acción en el que la tensión no baja un momento. Y sortea la posibilidad de ver a un montón de gente matándose entre sí, y a la propia Katniss ensuciando su imagen, haciendo que todas las amenazas a las que han de hacer frente la protagonista y compañía sean de carácter ‘natural’: tormentas, niebla, animales, etc.

Y así hasta un final menos original que el primero y mucho más abrupto, no tanto como el de la segunda parte de El hobbit, pero casi. Un final tras el que nada volverá a ser lo mismo, por lo que esperamos que la tercera entrega de la saga sea la mejor… El problema es que, como ocurrió con Harry Potter y Crepúsculo, el último libro se ha dividido en dos entregas cinematográficas, así que probablemente la tercera entrega solo alcanzará su potencial… si entendemos las partes 3 y 4 como un todo. En fin.


El detalle: Al menos para mí, la primera aparición de Philip Seymour Hoffman no puede ser más impactante, o más bien fuera de lugar. Y es que en una gran fiesta del Capitolio, con todo el mundo luciendo estrafalarios vestidos y maquillaje, el actor aparece como si acabara de salir de su casa, como si ni siquiera estuviera en una película, como si aquello no fuera con él.


martes, 24 de diciembre de 2013

'El hobbit II': Sin novedad en la Tierra Media


La mayoría de críticas abordan la nueva entrega de El hobbit con la misma desgana y aburrimiento que al parecer produce la cinta en cuestión en quienes realizan dichos análisis. ¿Ha tocado fondo Peter Jackson? ¿Se repite más que el ajo?

Bien, desde luego la nueva visita a la Tierra Media deja cierta sensación de deja vu… la misma que si uno ve una y otra vez El Padrino, o la trilogía de El Señor de los Anillos, ya puestos. La falta de novedades es el principal defecto de La desolación de Smaug, aunque resulta lógica dado que estamos ante la quinta entrega de la saga. En cuanto a si el director ha perdido su toque mágico, más bien no. Lo único que ocurre es que El hobbit ha sido llevada a la gran pantalla después de El Señor de los Anillos. Si hubiera sido al revés, diríamos que con cada película Jackson se supera, pero, y esto lo sabemos todos los que hemos leído los originales literarios, El hobbit no es, ni de lejos, la obra cumbre de Tolkien, así que es imposible que esta trilogía esté a la altura de su predecesora.

Otra cosa que sabe todo buen conocedor de la obra de Tolkien es que El hobbit, anterior a la trilogía, fue concebido más como un cuento para niños que otra cosa, y eso se nota bastante en la adaptación de Jackson, dando lugar a un film mucho más simple y lineal que la trilogía, y que seguramente disfrutará más un público infantil que quienes ya han visto El Señor de los Anillos.

Todo esto resulta aún más evidente al optar el director por convertir un libro de unas 300 páginas en una nueva trilogía, lo que le lleva a estirar todas las situaciones. Algo en lo que se dio muy buena maña en la primera entrega, pero de lo que ha salido menos airoso en esta nueva ocasión. A diferencia del arranque de la trilogía, Un viaje inesperado, aquí no hay inicio ni desenlace. Lo primero Jackson trata de subsanarlo con el flashback con el que arranca la película, pero el final no puede ser más abrupto, un continuará en toda regla, más propio de una serie televisiva semanal que de una trilogía que no finalizará hasta dentro de un año. En cualquier caso, se trata de la consecuencia lógica de trocear en tres partes una única historia.

Y para estirar el metraje, que alcanza las dos horas y media, Jackson recurre a dar mayor protagonismo a personajes como Bardo, y sobre todo a introducir personajes inexistentes en el original, como la reaparición de Legolas, encarnado por un Orlando Bloom que parece más viejo –digamos maduro- que en la anterior trilogía, a pesar de que la acción de la misma es posterior a El hobbit. Es lo que tiene rodarlas en el orden inverso. Poco aporta el elfo a la historia, aunque si en El Señor de los Anillos pusisteis el grito en el cielo por sus ‘superheroicas’ habilidades, aquí vais a alucinar.

Pero el mayor cambio es la incorporación de un nuevo personaje, una elfa guerrera encarnada por Evangeline Lilly, la Kate de Perdidos, que cumple dos funciones: ser una auténtica máquina de matar orcos -im-pre-sio-nan-te-, y crear un triángulo amoroso entre el propio Legolas y uno de los enanos.

Esto ayuda a hacer más llevadero un film en el que, a diferencia de su predecesor, sí hay momentos en los que el aburrimiento está cerca, fruto de la irregularidad de una cinta que no acaba de despegar hasta que los protagonistas llegan hasta la ciudad del lago, tras una vertiginosa secuencia de acción pensada para deleite del 3D.

En la ciudad es donde Jackson muestra su mejor pulso, y donde incluso encontramos una reivindicación de la democracia frente al cacique de turno, aquí incorporado por un Stephen Fry al que apenas dan bola. La película, por fortuna, va de menos a más, y ahí está Smaug, digámoslo ya, la auténtica estrella de la función en todos los frentes. No solo es el mejor dragón que se haya visto en el cine, tras continuas decepciones, sino que es también el más parlanchín, dando la oportunidad de que el omnipresente Benedict –Sherlock- Cumberbatch, se luzca y acapare los mejores momentos del film, y sin que por una vez desmerezca el doblaje.

Claro que, lo mejor, realmente lo mejor, queda para la tercera entrega, en la que a Jackson le queda por adaptar el último tercio de El hobbit, apenas 100 páginas… Confiemos en que continúe como hasta hora, puesto que, sin duda, su Hobbit está superando al original. En los spoilers encontraréis una muestra, y simplemente, para hacer justicia a esta segunda trilogía, baste recordar que El Señor de los Anillos es una de las mejores películas de la historia del cine en tanto que El hobbit quedará como cine de entrenimiento, menor si se quiere, pero con mayúsculas. 






SPOILERS

Jackson no solo introduce nuevos personajes en la historia o adelanta la aparición de Bardo, que de haberse mantenido el director fiel al original no habría aparecido en esta segunda entrega. En el libro, la puerta del cubil de Smaug aparece con el último rayo de sol. La idea de usar la luna es única y exclusiva del guionista del film, superando una vez más la obra literaria de Tolkien, lejos por entonces de su cima narrativa.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Estrategia + corazón = 'El juego de Ender', una eficaz ilustración


Me cuento entre los fans acérrimos de El juego de Ender (y su extraordinaria secuela, La voz de los muertos), así que no las tenía todas conmigo al enfrentarme a su esperada versión cinematográfica. Digo lo de esperada porque el libro original se publicó en 1977 y su autor, Orson Scott Card, ha exprimido al máximo el filón con múltiples entregas más.  

¿Está la película a la altura del original? Evidentemente no, lo que no significa en absoluto que sea una mala película. Para empezar, difícilmente puede estar ninguna adaptación a la altura de un libro en el que su autor expone de una manera tan completa y realista la mente de Ender (y muchos personajes más), que lo ha convertido en uno de mis mejores amigos y una de las personas que más respeto, a pesar de ser un ¿personaje? literario.

Esa es la parte más complicada en el reto de convertir la saga de Ender en imágenes, así que Gavin Hood, guionista y director, opta por lo más sencillo: centrarse en el entrenamiento de Ender, la sucesión de batallas, que son la parte que ofrece más posibilidades visuales… y comerciales. No extraña, pues, que obvie toda la trama política, una de las más interesantes del libro (más detalles en los spoilers), eliminando así casi por completo el personaje del hermano mayor de Ender, Peter, y reduciendo a su hermana, Valentine, a un osito de peluche al que abrazar. En buena medida, es como si se hubieran limitado a adaptar el relato corto que Scott Card desarrolló más tarde hasta convertirlo en la novela El juego de Ender. 

También se dejan muchas cosas por explicar, de manera que el espectador se quedará sin saber el significado de palabras como ansible, hegemón o tercero. Y, como era de esperar, la acción que en el libro abarca años se concentra en la pantalla en unos pocos meses, sin que veamos crecer a Ender. Todo ocurre a velocidad de vértigo, como en la escena inicial en el colegio o la esquemática presentación de los hermanos del protagonista, por lo que es imposible profundizar en los personajes, sus motivaciones y sentimientos, como hace el autor en el libro. Un claro ejemplo de ello es el juego ‘La bebida del gigante’, al que en el original Ender se enfrenta una y otra vez hasta resolverlo, mientras que en la película apenas juega un par de partidas.

Pese a ello la película de Hood mantiene la mayor parte de la trama que narra Scott Card y resulta más valiente que lo que hemos visto hasta ahora de Los juegos del hambre, empezando por la paliza que le da Ender a su compañero de clase en la primera escena… aunque luego se nos oculte cierta información. Tampoco se eluden varias claves del libro, como el tormento interior de Ender, que solo desea la paz mientras todos se empeñan en convertirle en el mejor soldado de la historia, la discusión sobre si debe prevalecer la guerra preventiva o intentar un diálogo con aquel a quien llamamos enemigo solo porque no entendemos su manera de comportarse, o ya puestos, el dilema moral que supone convertir a niños en guerreros.

Hood logra cierto equilibrio entre la parte dramática del film y la acción, que, eso sí, es donde pone toda la carne en el asador, logrando algo no exento de dificultad como es hacer que el espectador siga con facilidad las batallas, que siempre me parecieron lo más abstracto del libro. Y lo hace con tal eficacia que podemos estar ante la mejor película de batallas de la historia, donde el director resulta un maestro a la hora de plasmar estrategias.

La otra gran baza del film es su actor protagonista, Asa Butterfield, capaz de insuflar a su papel todo el corazón del Ender literario y evitar que naufrague la parte más complicada del film, la de los conflictos y dilemas morales que afrontan los personajes. Desde luego no me quejaré si le dan el Oscar al mejor actor, porque él sí está a la altura de uno de los mejores personajes que ha dado la literatura. Tal cual.

El resto del reparto cumple con lo que toca, excepto un Harrison Ford cuya mejor época ya pasó, y que nos recuerda por qué solo lo nominaron al Oscar por Único testigo. Es el único al que no te crees en ningún momento, y teniendo en cuenta que su papel es mucho más determinante que en el libro, resulta un grave inconveniente.

Todo ello me sirve para recomendar la película principalmente a quien siempre haya querido ver las batallas de Ender en pantalla grande y a quien no haya leído el libro, invitándole luego a sumergirse en la obra de Scott Card para profundizar en la lectura superficial, pero más que eficaz, que ha realizado Hood.

Posdata: Que nadie espere secuelas. Los que hemos leído el segundo libro de la saga, ya sabemos por qué.




SPOILERS

La trama política y el paso del tiempo, ambas ausentes en el film, dan lugar en el libro a que Peter, el hermano mayor de Ender, se convierta en el dirigente del gobierno mundial mientras Ender pasa de héroe a ser considerado el mayor genocida de todos los tiempos, una carga con la que tendrá que vivir.

El libro también apunta cómo, una vez eliminado el enemigo común de la humanidad, las rencillas entre países vuelven a aparecer, etc., etc.


lunes, 28 de octubre de 2013

La chica de 'Speed' se nos ha hecho mayor


Antes de ir con la aclaración del titular, dejemos clara una cosa: Gravity empieza a antojarse como el Argo de esta temporada, o sea, el gran bluff, sobrevalora que algo queda.

Vaya también por delante que nunca le encontré la gracia a Y tu mama también (2001), y que el Harry Potter de Cuarón siempre me pareció, de lejos, el peor de la serie (simplemente no entendió a los personajes), hasta que cogió los mandos David Yates (salvando la quinta y última entregas).

Así que únicamente me descubro ante Cuarón por Hijos de los hombres (2006), infinitamente superior a su último trabajo, y que a diferencia de este sí es una película de ciencia ficción. No me extraña que el estudio que ha pagado Gravity no confiase en ella, y sigo sin entender el éxito de la cinta: ¿una hora y media –ni siquiera dura eso el metraje- viendo a dos astronautas flotando en el espacio? ¿Quién va a ver algo así?

Y a pesar de todo la película funciona. Pero ojo, no nos engañemos, lo único que ha logrado Cuarón es facturar una buena cinta de acción, nada más. Para que quede claro: prácticamente su único mérito en Gravity se limita a los aspectos técnicos. Un apartado en el que, por ejemplo, Tony Scott, siempre vilipendiado por la crítica, le da un baño en su último trabajo, Imparable (2010), una obra maestra del género en la que el menor de los Scott demostró que para eso sí servía (pero ya reincidiremos en ello en un futuro post).

Para eso, francamente, no hacía falta tantas alforjas, y más si buena parte del mérito hay que otorgárselo a James Cameron, que al parecer le echó una ayudita. Y pese a ello, en menos de hora y media incluso hay tiempo para aburrirse en más de un momento. Porque si Cuarón se cree que va a deslumbrarnos con un par de panorámicas del planeta Tierra, habría que decirle que eso ya se ha visto mil veces, y que está muy lejos de 2001, una película que fue rodada… en los 60. Ya no hablemos del 3D, que, habiéndola visto en versión normal, no creo que aporte absolutamente nada, más bien todo lo contrario.

El mayor mérito de Cuarón y su hermano Jonás, curiosamente, y en contra de la mayor parte de críticas que he leído, es precisamente haber humanizado una trama mecánica y más simple que un botijo –básicamente es como un videojuego, en el que los protagonistas deben ir resolviendo desafíos para volver a casa- introduciendo un personaje que no tiene nada por lo que vivir, y que sin embargo acaba sacando fuerzas para luchar por su vida como nunca antes se ha visto en una pantalla de cine… a excepción de La piel que habito (2011), claro está. Lástima que esa fuerza la encuentre en un sueño que casi le resta toda la credibilidad al film, la enésima concesión en pro de la comercialidad de los directores que trabajan en Hollywood.

Al final, la suerte de Cuarón es que le hayan fallado todas las actrices previstas para encarnar a la protagonista y se haya quedado con una Sandra Bullock que, fijo va a caerle una nueva nominación al Oscar a la mejor actriz, y no sería nada, pero que nada raro, que le cayese el segundo. Ella ES la película, el único motivo para seguir en la butaca y no mandar a paseo a Cuarón y a toda su cohorte de palmeros.

A punto de cumplir 50 tacos, Sandra Bullock ya no es aquella joven que se quedaba atrapada en un autobús a la espera de que Keanu Reeves la rescatase, hace casi dos décadas. Ahora es capaz ella sola de salir airosa de prueba tras prueba en el espacio profundo, y más aún, de echarse sobre los hombros toda una película y sacarla a flote. Cuarón no pasará a la historia por esta película, por mucho que algunos se empeñen, pero la Bullock sí deja huella.

Y para terminar: Clooney bien, como siempre, cumpliendo más que sobradamente con la parte que le dejan, y con una interpretación que, visto lo visto, apenas hubiera cambiado con el actor previsto inicialmente: Robert Downey Jr. Y la banda sonora, a ratos excelsa, a ratos abrumadoramente innecesaria: Cuarón debería haber sido coherente y haber prescindido de ella, porque tal como nos recuerda en los títulos iniciales, en el espacio no hay sonido.




SPOILERS

Pese a todo, a Cuarón hay que reconocerle su capacidad para crear algunos momentos poéticos: la Bullock en posición fetal, las lágrimas que flotan sin gravedad, y por encima de todo, la imagen final de la protagonista irguiéndose a duras penas, luchando con la gravedad tras regresar a casa. De lejos, lo mejor de la película.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Ford + Keaton = Piratas del Caribe + Rango = Verbinski en estado puro


Y va y cuando menos te lo esperas… Pues sí, amigos, El Llanero Solitario es el blockbuster del verano, y mira que era el que más recelos me inspiraba. Pero el caso es que GoreVerbinski nos ha servido una generosa (2.20 horas, igual un pelín demasiado) ración de western en versión espectáculo… que sobre todo hará las delicias de los más jóvenes de la casa.

Y es que también debemos recordar que el nuevo intento del productor Jerry Bruckheimer de lograr una nueva franquicia al más puro estilo Piratas del Caribe, parece que ha vuelto a naufragar (ya ocurrió con Prince of Persia) ante la pobre acogida del film en los USA después de su derroche de medios y presupuesto. ¿Qué ha fallado?

Pues que los norteamericanos no están acostumbrados precisamente al western en clave de humor, y menos en una época en la que, echando la vista atrás unos pocos años, los últimos westerns que se han ganado el aprecio de público y crítica –Bailando con lobos, Sin perdón…- han optado por la versión más seria y realista del género.

En cambio, Verbinski apuesta por la visión más lúdica del western y nos ha regalado ‘una de vaqueros’ como las llamábamos de niños. Y esa es la clave, desde el inesperado prólogo en el que el director deja claro qué es lo que vamos a ver: un cuento cargado de humor y fantasía, en el que no importa que a veces alguna cosa no cuadre, o directamente no tenga ni pies ni cabeza, mientras cumpla su función de maravillar a ese niño que escucha embobado las míticas aventuras del Llanero Solitario, y que irá apareciendo puntualmente para preguntar una y otra vez como hacen los niños.



Pero lo que de verdad sitúa a este film por encima del resto de blockbusters de la última temporada estival es que, no solo Verbinski, por lo demostrado hasta ahora, es mejor director que Zack Snyder, J. J. Abrams o Neill Blomkamp, sino que a diferencia de ellos, y por suerte para él, no se ha plegado a los estudios y ha hecho exactamente lo que ha querido.

El Llanero Solitario no es una película en la que su director sigue su dirección y a mitad del metraje hace lo que le ordena el estudio, como ocurrió con el último Superman; no es un remake que no quiere que nadie sepa que lo es, como el último Star Trek, ni es una ensalada de tiros por mucho que nos venda que es una reflexión social, como Elysium.

Verbinski ha hecho el film tal como quería, tal vez porque Bruckheimer confía en él ciegamente después de tres entregas de Piratas del Caribe… aunque me sigue extrañando mucho que con el bombo que le han dado a la participación de Helena BonhamCarter en la película, tanto ella como su circo apenas estén en pantalla unos 10 minutos… lo que por otra parte se agradece, ya que en ese tramo parece que el film lo dirija Tim Burton.

Eso sí, el director no se recata a la hora de, como ya ocurriera en la primera escena del último capítulo de la segunda temporada de Juego de Tronos, justo tras la gran batalla de Aguas Negras, recrearse en un plano en el que vemos con todo lujo de detalles como un caballo suelta… toda su carga, pero encima aquí va más lejos.

Verbinski se permite además ir lanzando cargas de profundidad a lo largo del metraje, como mostrarnos un héroe al que no le queda más remedio que ocultar su identidad y ponerse al margen de la ley dado que ésta solo sirve a quien tiene el poder económico, que además controla al ejército… ¿a qué me suena?

Más: mostrar Estados Unidos como un país que se ha forjado gracias a ladrones y a arrebatarle lo suyo a quien no podía defenderse; mostrar que el personaje aparentemente más respetado socialmente es el mayor criminal; a un capitán del séptimo de caballería al que no le importa mentir y matar con tal de mantener su posición, o a un ejército masacrando con ametralladoras a indios a caballo.

¿Empezamos a ver por qué el film no ha gustado en los USA?

Y es una lástima porque, como dije, Verbinski recupera todo el sabor de la aventura en estado puro. El referente más cercano de esta adaptación de El llanero solitario no es otra que Rango, ese western también protagonizado por Johnny Depp, aunque con el aspecto de un camaleón… y que también dirigió Verbinski.

Como en dicho film, aquí el héroe, el Llanero Solitario, lo es de la manera más accidental e involuntaria, y cede buena parte del protagonismo a su clásico compañero, el indio Toro, personaje muy alejado del capitán Sparrow, que sustituye su verborrea por breves sentencias y un rostro que recuerda poderosamente… a Buster Keaton.

Porque Verbinski no solo, aunque parezca sacrilegio, nos muestra Monument Valley como nadie lo había hecho desde John Ford, con unas panorámicas espectaculares, sino que en su afán por rodar un western total toma buena nota de El maquinista de la General para un frenético e hilarante tramo final, en el que una buena señora no dejó de reírse a carcajadas unas butacas detrás de la mía, y donde por cierto se marca hasta un autohomenaje recordando la primera aparición de Sparrow.

Eso sí, también hay momentos para la instrospección, como el flashback en el que se nos narra el origen de Toro, que deja de ser el payaso que ha sido hasta ese momento al revelársenos su trágico pasado. Y encima la trama romántica no es tan tópica como en, Piratas del Caribe, por ejemplo, con una Ruth Wilson que ya me ganó en la mini serie The prisoner.

Pero, ante todo, El llanero solitario es diversión. Verbinski tiene el acierto de utilizar como fondo sonoro en un par de ocasiones el tema original del personaje, el del serial radiofónico, ¿quién no escuchó de niño esa emocionante tonada?, y por supuesto, las imágenes que presenta son las que concuerdan con esa música: nada de seriedad, por favor, esto es, ni más ni menos, una de vaqueros.




El detalle: William Fichtner, a quien también hemos visto este verano en Elysium, es aquí uno de los malos-malos, con un cambio de look total, en el que no faltan el diente de oro, la cicatriz en la mejilla ni mugre para parar un tren. Y se nota que se lo pasa bomba... como esa particular versión de Silver, el caballo del protagonista, muy, muy pasado de vueltas.

lunes, 2 de septiembre de 2013

'Elysium': Ensalada de tiros (y poco más)


Está visto que este ha sido el verano de la decepción. Con Elysium se repite la misma sensación, en mayor o menor grado, que he tenido con cada blockbuster veraniego del 2013: entretenido, pero por debajo de lo esperado, lejos de las posibilidades que ofrecía. A la vista de argumento, director, reparto y tráiler, Elysium prometía ser más que un film de acción, una reflexión sobre las diferencias sociales con esa sociedad ¿futurista? dividida entre archimillonarios que viven en una colonia espacial con todas las comodidades y megapobres condenados a sobrevivir en una Tierra convertida en basurero.

Pero hete aquí que lo que presenta Neill Blomkamp, muy por debajo de su debut, Distrito 9 (2009), no es más que una peli de tiros que tarda en arrancar, y que apenas profundiza en su argumento. De hecho, el film apenas tiene guión, de modo que Blomkamp se luce mucho más como director, ahí poco se le puede reprochar, que como escritor, donde apenas se estruja el cerebro, nos regala un final escandalosamente simplista y con nula credibilidad… y encima nos martiriza con la escena de la monja y el protagonista de niño, que no solo nos recuerda una y otra vez con voz en off, sino que nos muestra una y otra vez, insistiendo en el manido recurso del ‘elegido’.

Por encima de un cumplidor Matt Damon, al que como de costumbre es difícil reprocharle algo, y una Jodie Foster a la que apenas dejan lucirse, el amo de la función es Sharlto Copley -protagonista de Distrito 9 y Murdock en la versión cinematográfica de El equipo A-, como el malo de la función, que es a la vez lo mejor y lo peor de la misma. Lo peor, porque, más allá de insistir con que los pobres no tienen derecho a ir al médico, esto es Hollywood, así que se pasa muy de puntillas por el tema de las clases sociales. Es decir, el malo no es el presidente de Elysium (tampoco se entra demasiado a explicar la situación política de este hipotético futuro) que prohíbe la inmigración, sino una ministra que ve amenazado su puesto por su afición a cargarse a las ‘pateras’ a cañonazos y trama un golpe de estado. Y por si eso no fuera suficiente, luego soltamos al perro de presa, que simplemente es un terrorista sanguinario al que solo le importa matar, ya sea terrestres o elisianos.

Así que el malo se carga cualquier posibilidad de que esto sea una película seria… pero a cambio, gracias al carisma y testosterona que derrocha Copley en cada plano, podemos disfrutar con el malo más implacable visto en una pantalla de cine desde Terminator (1984), y de una pelea final a brazo partido a la altura de la vista entre Batman y Bane en el cierre de la trilogía de Nolan.

Si vais a ver Elisyum buscando simplemente un rato de diversión, cine palomitero sin más, tiros y acción, lo pasaréis bien. Si queréis algo más, olvidadlo. Parece que lo del cine para pensar no está de moda.

lunes, 5 de agosto de 2013

Y los zombis corrieron -¡vaya si corrieron!- sobre la Tierra


¿Es World War Z el blockbuster del verano? Esperemos que no. Y no es que estemos ante un mal blockbuster, ni mucho menos. Probablemente sea todo lo que se le puede pedir… pero siempre se puede pedir más, claro.

Tras la enorme decepción de Man of steel y la ligera decepción de Star Trek En la oscuridad –de momento, el blockbuster del verano para el que suscribe- World War Z digamos que cumple con lo esperado, entre otras cosas porque el bombo se había ido desinflando. Recordemos, el propio Brad Pitt produce la adaptación de la celebérrima obra de Max Brooks, ‘biblia’ del género zombie, con Marc Forster a los mandos tras su, digamos, tropiezo, con Quantum of solace (2008), aquella paupérrima secuela de la soberbia Casino Royale.

Ocurre que el montaje inicial no gustó nada a los productores, que lo veían poco comercial, así que hubo que volver a rodar media película. Sumémosle que, por lo visto, la película apenas toma del libro algunas ideas y poco más, desaprovechando todo su potencial. Así que…

Y a pesar de todo World War Z funciona como el clásico blockbuster sin pretensiones, en el que con un derroche de medios y un realismo pocas veces visto, asistimos a los viajes del personaje encarnado por Brad Pitt, protagonista absoluto en modo piloto automático, de una punta a otra del planeta como si de James Bond, Jason Bourne o Ethan Hunt se tratara. Solo que Pitt no es ningún action hero, sino un, tampoco se sabe exactamente qué, en busca del origen de la plaga zombie o de una cura.

La película arranca fuerte desde el principio, con la secuencia vista en el tráiler en la que toda una ciudad es aniquilada por las hordas zombis –cómo corren los jodíos- y se esfuerza por ofrecer un poco de todo, desde escenas en un avión a lo Perdidos al asalto a la muralla de Jerusalén por los zombis. Estamos más ante un film de aventuras que ante una clásica peli de zombis, aunque la parte final es la que más se ciñe a las tradiciones del género, y la única en la que veremos caminantes a paso ‘normal’.

Por desgracia, me temo, el film se olvida tan rápido como se ve, al desaprovechar todas las posibilidades que ofrece su escala mundial para tratar de reflexionar y apuntar detalles interesantes, más allá de la revelación a cargo del siempre inquietante David Morse, de que en Corea del Norte utilizaron un remedio muy eficaz: en 24 horas les quitaron los dientes a toda la población.

De hecho, contrasta el final ‘idílico’ del film, con la voz en off de Brad Pitt instando a los supervivientes a unir fuerzas y ayudarse para combatir a los zombis, con lo visto en The walking dead –a la que recuerda bastante en su arranque-: que entre los supervivientes solo impera la ley del más fuerte y el sálvese quien pueda.

Por cierto, a tenor del desenlace, tan cerrado como abierto, resulta obvio que la intención de Pitt es convertir World War Z en una franquicia, lo que permitiría seguir explotando el filón de ideas que es el libro original… y llevar a la gran pantalla la mítica batalla de Yonkers.

En cuanto a la familia del personaje de Pitt, bien, gracias. Ahí están para eso, para crear el enganche emocional con el publico, donde Mireille Enos nos recuerda los momentos más lacrimógenos de The Killing. Y poco más.

El detalle: Si estáis MUY atentos, reconoceréis a Matthew Fox, el Jack de Perdidos entre los secundarios de World War Z. Y los fans del Doctor Who podréis conocer al actor que encarnará al mítico personaje en la próxima temporada. Tras el tráiler, su identidad.





Y el honor recae en PeterCapaldi, que en la recta final interpreta a uno de los científicos del cuartel general de la OMS. Sí, el que tiene pinta de rarito… y que por cierto ya apareció en el segundo episodio de la cuarta temporada de Doctor Who, Los fuegos de Pompeya.

martes, 23 de julio de 2013

'Star Trek En la oscuridad': Khan post 11-S


Hala, ya está, ya lo he dicho. Por si alguien no se ha enterado al leer el titular de este post, el malo de Star Trek En la oscuridad no es otro que Khan. ¿Y quién es Khan?, se preguntarán algunos. Ah… ese es el quid de la cuestión. JJ Abrams es muy listo o muy tonto, o tal vez las dos cosas. 

La gran pregunta es ¿por qué hacer un remake de La ira de Khan (1982), el segundo film de la franquicia Star Trek con el reparto original, y empeñarse en negar que se trata de un remake? ¿Por qué negar una y otra vez que el malo de la película, encarnado magistralmente por Benedict Cumberbatch –el Sherlock moderno de la BBC- era Khan, después de que los rumores empezasen desde que se puso en marcha este proyecto?

Es evidente que Abrams quería salvaguardar el efecto sorpresa, pero seamos serios. Cuando por fin Cumberbatch suelta la FRASE del film –¡Mi nombre es Khan!- solo consigue un impacto emocional en los trekkies de toda la vida, entre quienes han visto una docena de veces La ira de Khan –dejémonos de rodeos: el mejor film de la franquicia de lejos- y saben que estamos ante el peor enemigo de los tripulantes del Enterprise. Así se encarga de recordarlo el propio Spock, y no hablamos de Zachary Quinto, sino del mismísimo Leonard Nimoy, que repite en esta entrega para recordar que ya vencieron a Khan ‘pero a un alto precio’.

Alto precio que, como sabrán todos los que hayan visto las primeras películas de la saga, es la muerte del propio Spock en el momento más emotivo de toda la historia de Star Trek. De ahí que, de nuevo, solo los trekkies de toda la vida le hallarán sentido a las palabras de Nimoy, y al resto les sonará a chino.

¿Quiere decir esto que solo conociendo todo el bagaje historico de Star Trek puede disfrutarse En la oscuridad? Ni mucho menos. De ahí lo de que Abrams es muy inteligente. Su segunda entrega de Star Trek es una perfecta máquina de relojería, una bala que se dispara y vuela rauda sin nada que la detenga. Del primer al último minuto, y hablamos de dos horas cumplidas, la película no da tregua y satisfará a cualquier espectador, aunque la trama sea un tanto plana, con las sorpresas justas y tal vez demasiadas explicaciones para que nadie se pierda, aunque a veces un tanto aturulladas. Además, Abrams sabe aprovecharlo todo y en la primera acción de Khan demuestra que ha tomado nota del último episodio de la primera temporada de Homeland, y en la última pelea que ha visto unas cuantas veces cierta escena de Minority Report.

Sin embargo, es Khan quien hace que el film valga realmente la pena, haciéndolo subir a otra dimension cada vez que aparece Cumberbatch, con una interpretación más física que la del Khan original, Ricardo Montalbán, hasta el punto de convertir a Bourne en un luchador tullido. Y eso que la gran frase del tráiler –Piensas que tu mundo es seguro. Es una ilusión. Disfruta de los últimos momentos de paz-, implacable en versión original… brilla por su ausencia en el montaje final. Toma timo…

Supongo que Abrams no quería la publicidad negativa que le acarrearía saber que simplemente estaba preparando un remake de La ira de Khan, pero al no reconocerlo perdía en cambio el gancho con los fans de toda la vida… a costa de preservar la sorpresa para una generación que no sabe quien es Khan… y que por tanto no puede apreciar esa sorpresa.

Como tampoco puede apreciar la vuelta de tuerca al desenlace, ese alto coste que hay que pagar para vencer a Khan… aunque en este caso no van tan lejos -al fin y al cabo Kirk y Spock acaban de conocerse y la escena final no puede tener la intensidad que se lograba en La ira de Khan, aunque se queda cerca- y optan por una solución alternativa que se ve venir desde la segunda escena del film.

Por lo demás, en realidad no es Khan el único villano de la función, ya que al fin y al cabo seguimos en la era post 11-S y el verdadero argumento de En la oscuridad son las guerras preventivas. Sin desvelar demasiado, hay otros dos elementos que se han cuidado muy mucho de no publicitar además de la presencia de Khan: los klingons y Peter Weller.

Evidentemente el Robocop original, ahora que están ultimando el inevitable remake, tiene un papel clave en el film que nos ocupa, en el que también Abrams introduce a los klingons en su relectura de Star Trek. Y lo de relectura va muy en serio, ya que el director sigue reconstruyendo su propia version de la historia original. Ya en el primer film se cargó Vulcano y redefinió los orígenes de los protagonistas, para aquí modificar ligeramente el papel de Khan y empezar a introducir a los klingons que, o mucho me equivoco, o van a ser decisivos en la próxima entrega.

En cuanto al reparto, Chris Pine sigue demostrando que acertaron de pleno cuando le eligieron para ser el nuevo Kirk mientras Zachary Quinto cumple como Spock. Del resto del reparto, Zoe Saldana como Uhura y Simon Pegg como Scotty siguen siendo los que más brillan, mientras Chejov, Sulu e incluso McCoy salen con cuentagotas, y sobre todo este último pide a gritos que le den más cancha. Ah, y se suma a la tripulación la británica Alice Eve, cuyo personaje, más allá del papel que le exige un guión bastante obvio, se limita a lucir tipo y a perfilarse como futuro interés amoroso de Kirk.

Futuro que pasa, siguiendo la reescritura de la saga, por iniciar el mítico viaje de cinco años ‘a donde ningún hombre ha llegado jamás’. Y aunque Abrams renuncie a la profundidad a cambio de la aventura más trepidante y su Khan no iguale al original, seguiremos atentos a los viajes del Enterprise.

PD: Se va a tener que currar bastante más su Star Wars, que conste.

martes, 9 de julio de 2013

Hollywood se carga otra vez a Superman


Donde quiera que esté, Christopher Reeve puede seguir tranquilo, nadie le tose como el Superman definitivo en la gran pantalla. Y es que Hollywood ha vuelto a arruinar el enésimo relanzamiento del superhéroe por excelencia. No sé si la taquilla permitirá que Henry Cavill vuelva a encarnar a Clark Kent/Kal-El, pero la cinta de Zack Snyder no ha mejorado el anterior intento, la incomprendida Superman Returns (2006) de Synger.

Primera gran decepción del verano, ya que a tenor del tráiler parecía que podíamos estar ante el blockbuster del año, pero va a ser que no. Y el punto de partida no era malo, solo que Hollywood se ha empeñado en dejar su huella. La versión corta es esta ecuación:

Avatar+El árbol de la vida+Transformers = The man of steel.

Vamos con la versión larga. Synger cometió el grave error de reverenciar los que siguen siendo los dos mejores films de Superman, los dos primeros de Reeve, y situar su película como una tercera parte, a pesar de que el público actual, sobre todo el más joven, no conoce aquellos precedentes. En cambio, el guión de David S. Goyer, el mismo de los tres Batman de Nolan, apuesta por contar la historia desde el principio, de modo que estamos claramente ante un Superman Begins.

Y ya que hay que empezar por el principio, vayamos a Krypton. El film arranca con un largo prólogo en el que concede todo el protagonismo a RussellCrowe como Gladiator, digo Jor-El, metiendo la quinta marcha desde el primer segundo, con acción sin pausa y claras reminiscencias de la Pandora del film de Cameron. Digamos que aquí falla la dirección, demasiado acelerada, mientras el público poco conocedor de la historia trata de procesar toda la información. Crowe, por su parte, se limita a hacer lo que tan bien sabe, aunque ya cansa: de sí mismo. Lástima que insista en salir una y otra vez a lo largo del metraje, sobre todo en cierta escena con Lois Lane, poco menos que ridícula.

A partir de ahí viene el mejor tramo del film, el que, seguramente, proviene de la mente de Nolan. En el presente Clark encuentra la Fortaleza de la Soledad, y de paso a Lois Lane (además de un traje muy ceñido y una maquinilla de afeitar), mientras los flashbacks nos muestran su niñez y adolescencia. Ahí es donde Diane Lane cumple como bondadosa ma' Kent y Kevin Costner se agiganta como el mejor secundario del film, en una versión de pa' Kent muy oscura, bien distinta de la que nos ha acostumbrado la televisiva Smallville.

Y es que uno de los puntos fuertes del film es enfrentar la visión de Jor-El, según la cual Superman debe mostrarse a la humanidad y convertirse en un símbolo para que explote su potencial, con la del padre humano de Clark, que nos conoce bien y teme la reacción de los hombres cuando sepan la verdad sobre su hijo. Incluso llega a plantear si es aceptable que Clark no utilice sus poderes, a costa de las vidas que podría salvar, con tal de mantenerse en el anonimato.

El otro gran tema, ya puestos, es si la humanidad merece que este dios que es Superman la salve de otro dios vengativo, el general Zod, el malo de la peli, empeñado en convertir la Tierra en Krypton, a costa de la vida de todos los humanos si es necesario. Y surge la gran pregunta: ¿por qué Superman se pone del lado de los terrestres?

Ahí es donde la película se viene abajo, ya que tras un tramo que evoca al mejor Terrence Malick, y concretamente al de El árbol de la vida (2011), con ese niño que busca sus orígenes y su destino en un pueblecito de la América profunda, se muestra incapaz de responder a la citada pregunta. De hecho, cuando el propio Clark no sabe para dónde tirar, no busca consejo en su madre ni en su amada… sino en una iglesia, en un tosco intento de darle una justificación religiosa a las motivaciones del protagonista… que no pega ni con cola. Pero es que son americanos...

Y a partir de ahí, como si se tratara de recuperar el tiempo perdido, después de una hora de película sin una sola escena superheroica, Michael Bay se adueña de la cámara y tenemos una sucesión interminable de tortas que apenas se salva por su brutalidad y realismo. Impagable la batalla en Smallville, donde por primera vez Clark desata toda su fuerza, bastante más aburrida toda la parte final (no hablemos de esos tentáculos cansinos…), aunque la destrucción de Nueva York sea más realista que en Los Vengadores, y ofrezca la mejor escena del film a Laurence Fishburne. Y es que si Samuel L. Jackson puede ser Nick Furia (de hecho, el Nick Furia de los Ultimate, la versión renovada de Los Vengadores, tomó a Jackson como modelo, con el mismo look con el que aparece después en Los Vengadores), ¿por qué Fishburne no puede ser... Perry White?

En cuanto al duelo final, a medias épica pura, a medias con la sensación de ¿a qué esperan para hacer un kame-ame (ya me entenderán los que se criaron con Bola de Drac)?

Total, que Nolan quiso hacer un drama en el que se reflexionara sobre qué ocurriría si de verdad existiera alguien con los poderes de Superman, pero a Hollywood solo le interesaba ‘una de superhéroes con mucha acción’. Así que The man of steel se queda a medio camino en ambas direcciones, por lo que dudo que contente a nadie.

En cuanto al apartado actoral, Amy Adams cumple como Lois, aunque la sombra de Margot Kidder también es muuuuy alargada, pero el problema es Cavill, más soso que soso, sin ninguna expresividad, por lo que todas las escenas con Lois naufragan y esta acaba quedándose como mero objeto de rescate una y otra vez. Por no hablar de que Adams y Cavill más parecen madre e hijo que otra cosa... 

El guión, además, prescinde la identidad de periodista de Clark, que deja para la próxima entrega, si es que la hay. Una secuela en la que la gran esperanza es que el enemigo sea Lex Luthor, que a diferencia de Zod, no tiene superpoderes, por lo que no parece que sea probable una nueva ensalada de puñetazos. Lex es más sutil, veremos si lo es la próxima entrega.


sábado, 25 de mayo de 2013

Baz Luhrmann factura un Gatsby light o Coppola es mucho Coppola


Empezaré aclarando que no voy a entrar en la mayor o menor fidelidad a la obra de Fitzgerald de las adaptaciones de El gran Gatsby realizadas por Jack Clayton en 1974 y por Baz Luhrmann, ahora mismo en los cines, dado que hace mucho que leí la novela y no la tengo demasiado fresca en la memoria. Pero en cuanto a versión cinematográfica, la de Clayton, protagonizada por Robert Redford y Mia Farrow, la más famosa de las que se han realizado hasta el momento, me parece bastante superior a la de Luhrmann.

Y eso que, pese a ser la película más floja del director de Moulin Rouge (2001) o Australia (2008), tampoco es que desmerezca tanto en comparación con la de Clayton, especialmente si nos centramos exclusivamente en la labor de dirección. Donde Clayton se ocultaba, con una narración tal vez demasiado plana y dejando que el silencio se adueñase de la pantalla en muchos momentos del film, Luhrmann se esfuerza por imprimir su sello y convierte parte de su versión en un festival de música, color y luz. Nada que objetar, cada uno tiene su estilo, y Luhrmann alterna aciertos con errores.

Entre los primeros, la escena en casa de la querida de Tom, donde transmite con gran fidelidad la sensación de embriaguez, de emborracharse tal como hacían todo el tiempo los protagonistas de El gran Gatsby, y ya puestos, tanto Fitzgerald como su mujer, Zelda. Claro que acometer una escena así en 1974… era otra historia.

Y entre los errores, el bochornoso reencuentro entre Gatsby y Daisy, más propio de una vulgar comedia para adolescentes, que por desgracia parece el público en el que pensó Luhrman a la hora de acometer este proyecto.

El director australiano simplifica en exceso la obra de Fitzgerald –por mucho que insista en leernos párrafos enteros de la misma, incluido el magistral final-, incluso eliminando tramas y personajes. Así ocurre con la amiga de Daisy, Jordan, que tras cumplir su papel en el arranque ya no aparece hasta la parte final, con lo que desaparece su historia de amor con el narrador, Nick, que sí estaba presente en la versión de Clayton.

Otro tanto ocurre con la querida de Tom y el marido de esta, que en la nueva adaptación solo aparecen al inicio y al final, de modo que este carece de la misma fuerza que en la versión de Clayton, en la que se mantienen en pantalla todo el tiempo. En la nueva versión no pasa de ser un ligue más de Tom, en tanto que en la anterior nos creemos que la amaba y nos impacta de verdad lo que ocurre en el desenlace.



Luhrmann también toma un par de decisiones, a mi modo de ver erróneas. Para empezar, hace que Nick narre la historia desde el futuro, mientras se recupera en un psiquiátrico. Como dije, esto le sirve de excusa para abusar en la lectura de párrafos de la novela, y solo consigue dos cosas negativas: que nos distanciemos más de la historia central, y que el espectador pueda distraerse tratando de imaginar qué acontecimientos han llevado a Nick al psiquiátrico.

El otro error es recurrir al flashback para narrar el pasado de Gatsby y Daisy, mientras que Clayton optaba por diálogos entre los protagonistas, distribuyendo la información de manera más uniforme en el metraje, y logrando escenas de una gran intensidad emocional.

Y es que donde realmente la versión de Clayton le gana la partida a la actual es en el portentoso guión de Coppola, lleno de pequeñas escenas, diálogos y frases, multitud de detalles que la llevan mucho más lejos que la adaptación superficial y atropellada que ha escrito Luhrmann en compañía de Craig Pearce. De hecho, el mayor error de Clayton fue no sacarle todo el partido al texto de Coppola, al dirigirlo de una manera demasiado convencional.

En cuanto al reparto, lo cierto es que Leonardo di Caprio, sin realizar una de sus mejores interpretaciones, es quien mejor aguanta la comparación con su predecesor en la versión del 74, nada menos que Robert Redford. Cada uno defiende a Gatsby con sus propias armas y ambos salen más que airosos de un reto de tal magnitud. Por cierto, Di Caprio nació precisamente en el 74, por lo que ha rodado su Gatsby a la misma edad que lo hizo Redford, con 38 años.

Otra cosa es Carey Mulligan, a quien hasta ahora solo había visto en un capítulo de Doctor Who en el que estaba maravillosa, pero que aquí decepciona, y mucho, convertida en una simple muñeca llorosa y aparentemente drogada todo el tiempo. Cierto es que la interpretación de Mia Farrow en la versión del 74 es sencillamente portentosa, tal vez su mejor trabajo, pero es que la Mulligan naufraga considerablemente, y el guión tampoco la ayuda en absoluto. Y por cierto, ambas interpretaron a Daisy con una edad similar, 29 años la Farrow y 27 Mulligan.

Por su parte, Joel Edgerton convierte a Tom en un simple bruto, sin los matices de Bruce Dern, que hacía que incluso pudieras llegar a identificarte con su conducta, y Tobey Maguire cumple mientras se le exige parecer un tonto, pero no llega a la intensidad de Sam Waterston en los momentos más dramáticos, en los que era capaz de transmitir lo que sentía su personaje, la esencia de la novela de Fitzgerald, sin decir una sola palabra.

Y el resto del reparto, simplemente, como ya he comentado, ve reducida su presencia en pantalla, aunque, francamente, Isla Fisher no tiene nada que hacer con Karen Black. Y mención especial para el mecánico, aquí otro bruto sin personalidad, muy lejos de la excepcional interpretación que realizaba en la versión del 74 Scott Wilson, a quien los seguidores de la serie The walking dead reconocerán como el granjero Hershel con casi 40 años menos.

Luhrmann sale airoso al recrear las fiestas y el ambiente en el que vivía Gatsby –aunque me temo que los coches de la época no alcanzaban los 100 kms/hora- pero naufraga estrepitosamente al abordar la historia de amor entre Gatsby y Daisy. Clayton, además, tiñe el film con un tono sombrío, de manera que en todo momento el espectador tiene la sensación de que la historia acabará en tragedia.



SPOILERS

Todo está en los detalles. En la versión de Clayton resulta magistral la aparición de la hija de Daisy en la reunión que abre la recta final. El plano del rostro de Gatsby mientras la niña no deja de llamar papá a Tom deja claro que, por primera vez, Gatsby empieza a entender con horror que no hay vuelta atrás, que no podrá recuperar a Daisy.

La explicación del pasado real de Gatsby resulta mucho más satisfactoria en la versión de Clayton, donde se elimina la parte en la que salva a un millonario de naufragar, demasiado fantasiosa, y se potencia la trama mafiosa, que para eso hablamos de Coppola. Además, a diferencia de Luhrmann, Coppola no elimina el epílogo de la novela en el que el padre de Gatsby acude al entierro, un magnífico cierre a la historia.

Y hablando de cierres, en la versión actual Nick no consigue hablar con Daisy tras la muerte de Gatsby, mientras que en la de Clayton sí se encuentran cara a cara, momento en el que Nick puede reprocharle su cinismo y frialdad. Escena de gran intensidad que Luhrmann obvia, evitando también un momento de lucimiento para Mulligan y Maguire… y así todo el tiempo.