sábado, 25 de mayo de 2013
Baz Luhrmann factura un Gatsby light o Coppola es mucho Coppola
domingo, 12 de mayo de 2013
Los últimos días de Robin y Marian
miércoles, 23 de enero de 2013
Lincoln, abogado (o John Ford también hacía malas películas)
miércoles, 9 de enero de 2013
'Yojimbo': El remake del remake
Hill prescinde además del sentido del humor, al que recurren bastante Kurosawa y Leone para quitar hierro al asunto. Abajo tenéis una pequeña muestra de esto en Por un puñado de dólares. Y para el resto de la comparación, vamos con los SPOILERS
miércoles, 15 de junio de 2011
Cuando Tyrone Power buscó el sentido de la vida

Nuevo capítulo en la serie de posts dedicados a la filmografía de Gene Tierney. ‘El filo de la navaja’ (1946) fue una de esas megaproducciones destinadas a arrasar en los Oscar, tratando de unir taquilla y crítica. Para ello el productor estrella del momento, Darryl F. Zanuck eligió un best-seller serio de William Somerset Maugham, tal vez su obra que más ha perdurado (y en la que él mismo aparece como personaje), con un tema bastante de actualidad. Si otro de los grandes films del año fue ‘Los mejores años de nuestra vida’, que sí arrasó en los Oscar con su historia sobre el regreso de los soldados tras la Segunda Guerra Mundial, aquí tenemos la historia de un joven, Larry, que lo tiene todo, dinero y una mujer que le ama, pero lo deja todo para tratar de hallar un sentido a la vida tras su participación en la Primera Guerra Mundial.
Mientras Estados Unidos vive los felices 20 y luego la Gran Depresión del 29, Larry se busca a sí mismo en el París más bohemio y en la India. Había material para una gran película, pero esta adaptación no alcanza el máximo de sus posibilidades, en parte debido a su director, Edmund Goulding, quien bien es cierto que 14 años atrás había firmado un auténtico peliculón, ‘Grand Hotel’ (1932), pero en el que, como ocurre aquí, lo que brillaba era el formidable elenco de estrellas.
Porque si algo reunió Zanuck fue a los mayores astros del momento, empezando por Tyrone Power, galán que buscaba sin duda un papel con el que ganar crédito como actor dramático. Y aunque Larry era ese personaje, Power actúa más con corrección que con auténtica brillantez, aunque estemos hablando de una de sus mejores interpretaciones. También es cierto que el resto del reparto sí se luce a base de bien, dejando al protagonista como el más ‘soso’ de la función.
Para empezar tenemos a una jovencísima Anne Baxter, que cuatro años antes de ‘Eva al desnudo’ se llevó su único Oscar a la Mejor Actriz Secundaria por una completísima interpretación, en la que empieza asumiendo el papel de una jovencita inocente y enamorada que luego vivirá un infierno personal. El otro gran secundario es Clifton Webb, que apenas dos años después de ‘Laura’ coincide de nuevo con Gene Tierney, esta vez como su tío, pero en un papel que guarda bastantes similitudes con el aquel film y que le sirve para robar todas las escenas en las que aparece. Incluso llega a superar su actuación en ‘Laura’ gracias a la parte final en la que su personaje envejece.
Y por último, la Tierney, que también se reencuentra con Tyrone Power, cuatro años después de ‘El hijo de la furia’, en la que este ya era una estrella y ella una jovencita aspirante a actriz. Después de ‘Laura’ y la nominación al Oscar a Mejor Actriz por ‘Que el cielo la juzgue’, Gene Tierney estaba en la cumbre, lo que explica su elección para este personaje, en el que luce bellísima como nunca y vuelve a mostrar su vena ‘malvada’, al igual que en su anterior film. Su personaje rivaliza en minutaje con el propio protagonista y también muestra muchas caras, en las que la actriz deja patente su versatilidad. Un personaje, en este caso, al que se hace difícil condenar por completo, ya que en última instancia todo lo hace por amor… aunque un amor entendido desde el egoísmo de niña consentida.
Quien busque en ‘El filo de la navaja’ respuestas al sentido de la vida, seguramente no las encontrará, pero sí un melodrama en toda regla con interpretaciones inolvidables.
domingo, 5 de junio de 2011
El día que Laura se enamoró de un fantasma

Gene Tierney fue ‘Laura’, pero también fue la señora Muir, una auténtica delicia de película, la segunda dirigida por Joseph L. Mankiewicz, que luego nos dejaría incontables obras maestras como ‘Eva al desnudo’, 'Julio César' o ‘La huella’, pero pocas veces alcanzaría la perfección y ligereza de este pequeño clásico.
¿Puede enamorarse una mujer de un fantasma? Esa es la pregunta que trata de responder ‘El fantasma y la señora Muir’ (1947), una original comedia romántica (por simplificar), en la que Gene Tierney sigue en estado de gracia. Rodada tres años después de ‘Laura’, dos después de su única nominación al Oscar a la Mejor Actriz por ‘Que el cielo la juzgue’ y uno después de formar parte del reparto coral de ‘El filo de la navaja’, ésta será su última gran creación antes de su temprano declive. Y tal vez sea su mejor interpretación, ya que es la única en la que muestra no solo su talento para el drama sino también para la comedia, en otro papel inolvidable.
Solo un actor de la talla de Rex Harrison podía estar a su altura y ser, más que interpretar, ese rudo marino que vuelve del más allá y que se resiste a ceder su casa a la joven viuda interpretada por Gene Tierney. Harrison clava el personaje, que posiblemente completa su trilogía dorada, junto a ‘My fair lady’ y su Julio César de ‘Cleopatra’.
Y junto a ellos una jovencísima Natalie Wood, que encarna a la hija de la protagonista, y George Sanders como descarado galán, tercer vértice del más curioso triángulo amoroso que haya dado la gran pantalla.
La película empieza haciéndonos creer que es un film de terror, de casas encantadas, pero pronto vira hacia un tono romántico (inolvidable toda la parte final) y una maravillosa ironía en los perfectos diálogos entre la pareja protagonista, que son la base que sostiene el film. Sin olvidar la escena en la que la protagonista recibe a su familia política y el fantasma está presente pero solo ella puede verlo: divertidísima.
No me resisto a reproducir un breve diálogo. La criada de la señora Muir le dice que ha hecho un gran trabajo al criar a su hija y ella responde: ‘Bueno, tampoco tuve ningún mérito especial, ella fue algo que simplemente pasó’. Y la criada dice: ‘Sí, eso decía también mi madre; yo fui la undécima’.
El detalle: Imprescindible ver esta película a oscuras para disfrutar al máximo la maravillosa iluminación, sobre todo en la primera parte, donde la protagonista descubre que su nueva casa está encantada y el fantasma empieza a hacer de las suyas.
domingo, 24 de abril de 2011
Un médico en la corte del faraón

Ya que estamos en Semana Santa, vamos con una de esas películas que suelen echar en televisión en estas fechas, aunque se aparta un poco de las convenciones del género bíblico. Y es que el protagonista de ‘Sinuhé, el egipcio’ es un médico, un hombre de ciencia en una época de dioses y supersticiones. Un hombre que busca respuestas y que no cree en ningún dios.
Dirigida por Michael Curtiz una década después de ‘Casablanca’, se basa en una novela de Mika Waltari que desconozco, aunque estoy convencido de que fue objeto de múltiples cambios en su adaptación a la gran pantalla. El film narra la caída en desgracia del joven y prometedor médico, al caer en las garras de una mujer fatal de libro que lo manipula a su antojo. Desterrado, ganará fama como cirujano antes de regresar a Egipto para el desenlace de la historia, en el que Waltari demuestra que conocía la historia de Moisés. También se establece un precedente del cristianismo en el culto a un único dios que impuso el faraón Akhenatón, yo diría que de una manera bastante cogida por los pelos.
Rodada cinco años antes de ‘Ben-Hur’, la película de Curtiz parece un film de serie B en comparación, donde resulta más que evidente que la mayoría de fondos están dibujados y donde no hay la abundancia de extras de la película de William Wyler ni su realismo. Y no solo Curtiz no está en su mejor momento, sino que la banda sonora, pese a estar firmada al alimón por dos nombres emblemáticos, nada menos que Alfred Newman y Bernard Herrman, lo mejor de la época, tampoco resulta particularmente inspirada.
En cuanto al reparto, Victor Mature cumple en su papel de siempre como el amigo fanfarrón de Sinuhe, mientras que a este lo encarna con escasa convicción un tal Edmund Purdom de quien nunca volvimos a saber. Tampoco ayuda el escaso metraje que se les concede a los secundarios, unos Jean Simmons y Peter Ustinov en sus inicios, apuntando el caudal interpretativo que demostrarían en ‘Espartaco’, y Gene Tierney, que una década después de 'Laura' se hallaba en el ocaso de su carrera y solo le adjudicaban papeles menores. Los tres merecían más minutos en pantalla, ya que son lo mejor del film, al igual que John Carradine, impecable en su breve aparición como ladrón de tumbas.
Todo ello desluce un film que pudo haber sido mucho más pero que no está tan lejos de las obras maestras del género y sí muy por encima de toda la morralla 'peplum'.
El detalle: Por una vez recomiendo ver la versión extendida en castellano, donde las voces cambian cada vez que se incorpora una escena censurada en su momento, y son bastantes. Así, vemos que a la censura no le interesaba un discurso sobre la inutilidad de la venganza, o cómo queda claro que Sinuhé es virgen cuando se enamora de la prostituta de lujo, o sea que llevaba el típico calentón de comedia adolescente USA y no veía la hora de estrenarse.
miércoles, 6 de abril de 2011
Laura, hechizo inmortal

‘Laura’ es una de esas películas a las que uno siempre acaba volviendo, para descubrir que su capacidad de fascinación sigue intacta por más años que pasen y por más veces que uno la haya visto. Sólo por ella Gene Tierney tiene un lugar propio en la historia del cine, y aunque su filmografía tiene unas cuantas joyas más, es evidente que para los amantes del séptimo arte, ella siempre será Laura.
"Nunca olvidaré aquel fin de semana en el que murió Laura. Un sol de fuego ardía en el firmamento como a través de una gigantesca lente. Fue el domingo más caluroso que recuerdo. Tenía la sensación de que yo era el único ser humano que se había quedado en Nueva York, puesto que desde la horrible muerte de Laura me sentía solo. Yo, Waldo Lidecker, era el único que la había conocido de verdad y empezaba a escribir la historia de Laura, cuando uno de esos inconfundibles policías vino a verme. Le hice esperar. Pude observarle a través de la puerta entreabierta. Vi que fijaba su atención en mi reloj. Sólo existía otro igual a aquel y estaba en el apartamento de Laura, en la misma habitación en la que fue asesinada".
Este monólogo, y el enigmático tema musical de David Raksin, constituyen uno de los mejores inicios de una película en la historia del cine, que sirve para enmarcar la trama y a la vez presentar al otro personaje inolvidable de este film, Waldo Lydecker, que ejercerá como magistral narrador y dio a Clifton Webb (imprescindible la V.O.) la oportunidad de lucirse en un papel magistral, el de un periodista y creador de opinión de personalidad única. Tan inolvidable como él resulta su primera aparición, tecleando una máquina de escribir mientras está sumergido en una bañera para mitigar el calor. Así recibe al tercer protagonista de la cinta, el detective que investiga el homicidio de Laura. Dana Andrews asume este rol, muy en la línea de sus papeles habituales de galán y tipo duro, pero llevándolo un poco más lejos que de costumbre.
Y es que ‘Laura’, sí, es una cinta de intriga policíaca con giros inesperados, en la que nada es lo que parece y la investigación de un asesinato es el eje de la trama, pero es mucho más. Es la sublimación del eterno femenino, del poder fascinador de una mujer, tal como experimentará el policía protagonista, que casi sin darse cuenta se convierte en la última víctima del encanto de Laura, enamorándose de ella pese a no haberla conocido, rindiéndose al modelo de perfecta belleza y elegancia del que todos le hablan, obsesionándose con ella, con su retrato y con el misterio de su muerte hasta el punto de pensar en ella como si estuviera viva.
Lo único malo de volver a ver ‘Laura’ es que se pierde el factor sorpresa, ya no es igual esa secuencia que hace inolvidable la primera visión… pero casi, ese es su mérito. Todo él recae en un director como Otto Preminger, que nunca volvería a rozar así la perfección, y en un reparto encabezado por dos actores en absoluto estado de gracia y nacidos para sus papeles, Gene Tierney y Clifton Webb.
El detalle: No me olvido de Vincent Price, el ‘sospechoso habitual’ de la película, en uno de los habituales papeles de galán de sus inicios cinematográficos, tan alejados de aquellas películas de terror que le inmortalizarían junto al director Roger Corman.
jueves, 17 de marzo de 2011
Y los jueves, toca milagro (según Berlanga)

Tenía pendiente rendirle el debido homenaje a Luis García Berlanga desde su fallecimiento, y al final he cumplido con mi primer visionado de una de las joyas de su periodo dorado, ‘Los jueves, milagro’, que subo al blog en plena semana fallera. Obra un tanto menor en comparación con las dos cumbres de su carrera, ‘Bienvenido, míster Marshall’ y ‘El verdugo’, coincide con ambas en la intervención del irrepetible Pepe Isbert, si bien este, como la película, está magnífico, pero lejos de sus interpretaciones en los dos films ya mencionados.
Pieza central del inspirado quinteto que empieza y acaba con dichas películas y se completa con ‘Calabuch’ y ‘Plácido’, la cinta a la que más recuerda la que nos ocupa es la primera de todas ellas, con un pequeño pueblo olvidado convertido en escenario y la mayor parte de sus vecinos en personajes. También es similar el arranque, con los preparativos, en un caso del recibimiento a los americanos, y en el otro de un milagro artificial.
Y por supuesto también tenemos un extenso reparto coral, e incluso multinacional, en el que junto a Isbert brillan en papeles secundarios unos jovencísimos José Luis López Vazquez (aún sin su sonsonete característico) y Manuel Alexandre, de lo mejorcito del film.
‘Los jueves, milagro’ se divide en dos partes claramente diferenciadas. En la primera, la más cómica, asistimos a un sainete en el que los empresarios de una pequeña población escenifican un falso milagro para que el balneario local, antiguo motor económico, recupere notoriedad y vuelva a hacerles ricos. Esta parte evidencia el talento de Berlanga para este tipo de comedia, en la que la agilidad de los diálogos y la categoría de los intérpretes resultan decisivos.
La segunda parte arranca con la aparición de un nuevo y misterioso personaje que conoce el secreto del falso milagro y empieza a manipular a sus autores sin que estén claros sus fines. Este tramo del film mantiene, sobre todo al principio, el tono de comedia, pero va virando poco a poco hasta un desenlace cada vez más dramático, convirtiéndose en una fábula en la que el cineasta aprovecha para reflexionar sobre el poder de la fe y alertar de las consecuencias que puede tener aprovecharse de ella… o de aquellos a quienes se hace creer en algo.
No resulta extraño que la película, pese a su apariencia de juguete cómico, molestase a la Iglesia católica en pleno franquismo, y que la censura rechazase los dos siguientes guiones de Berlanga, que tardó cuatro años en volver a dirigir… y ser nominado al Oscar a la Mejor Película Extranjera con ‘Plácido’.
El detalle cinéfilo: Dejando de lado las evidentes influencias de la cinta italiana ‘Milagro en Milán’, no ya en este film, sino en buena parte de la filmografía berlanguiana, resulta impagable ver a ‘Luisito’ Varela, el ‘dire’ de ‘Camera Café’, a quien su archiconocido ‘¡A la p**a calle!’ le ha dado la popularidad que siempre ha merecido, como un crío de 10 ó 12 años, pero con la misma cara que tiene ahora.
viernes, 1 de octubre de 2010
De cómo Ivanhoe y Robin Hood liberaron a Ricardo Corazón de León

Hoy toca retomar la sección de clásicos, que tengo bastante abandonada, con un film cuya revisión resulta más pertinente que nunca, ‘Ivanhoe’ (en la versión de 1952, dirigida por Richard Thorpe), gracias a la ‘actualización’ del mito de Robin Hood abordada este año por Ridley Scott. Y es que la cinta de Thorpe resulta una perfecta continuación de la del mayor de los Scott, además de abrir el periodo dorado de este director, que se completó con otros tres films de aventuras emblemáticos: 'El prisionero de Zenda', 'Los caballeros del rey Arturo' y 'Todos los hermanos eran valientes'.
La película protagonizada por Russell Crowe, al margen de sus valores artísticos, se ciñe bastante a la realidad histórica y concluye mostrándonos cómo Robin se convertía en un proscrito al no apoyar al rey Juan tras la desaparición de su hermano Ricardo Corazón de León. Más o menos, ahí es donde arranca ‘Ivanhoe’, con el protagonista descubriendo que el monarca no ha muerto, sino que permanece cautivo ya que Juan no quiere pagar su rescate para así poder seguir gobernando.
A partir de ahí, Ivanhoe, con el porte galán de Robert Taylor, trata por todos los medios de obtener el dinero para el rescate, sucediéndose las clásicas justas a caballo y un espectacular asalto al castillo. En esta batalla es donde asume el protagonismo Robin Hood, que hasta ese momento había tenido varias breves apariciones. En este film se le llama Robin de Locksley, y aunque no lleva el sombrerito que popularizara Errol Flynn ni capucha alguna, es evidente que se trata del mismo personaje, al que acompaña una suerte de compañero bonachón que parece un cruce entre Little John y Fray Tuck.
Por otra parte, quienes piensen que es en la cinta de Scott donde Robin cuenta con más arqueros están bastante equivocados. Nunca ha contado con un ejército como el que participa en el asalto al castillo de ‘Ivanhoe’, aunque algunas lluvias de flechas queden un tanto postizas. Pese a ello, dicha secuencia es una buena muestra de que décadas atrás no había dinero ni medios para filmar batallas con el realismo actual, pero no por ello el resultado era menos emocionante una vez proyectado en la pantalla.
Cómo no, ‘Ivanhoe’ concluye con el regreso triunfal de Ricardo y la abdicación de Juan, cerrando así un metraje en el que la magia del Hollywood dorado solventa la simpleza de la trama y lo envarado del lenguaje, aprovechando para lanzar un mensaje de tolerancia entre religiones.
Por supuesto, por magia entendemos el carisma, más que de Robert Taylor, de la otra Taylor del reparto, Elizabeth, que se imponía por completo a la otra figura femenina de la función, Joan Fontaine, pese a que ésta ya tenía un Oscar y la Taylor apenas era entonces una estrella juvenil. Pero a Elizabeth le bastaba ya entonces mirar a la cámara para dejar claro que iba a convertirse en una de las mayores estrellas de Hollywood.
El detalle cinéfilo: Entre los secundarios del film, otra de sus bazas, encontramos a George Sanders, en un papel de malvado enamorado de la Taylor, con un curioso pelucón que lo aleja de la imagen de dandy que ofreció en ‘Eva al desnudo’ o ‘El retrato de Dorian Grey’, dos de sus papeles más celebrados.
Os dejo con los títulos de crédito y la música del gran Miklos Rozsa, que ya te ponía bien épico...
viernes, 23 de julio de 2010
Una epopeya del oeste... y una gran historia de amor

‘Si Dios me da larga vida prometo dedicarla toda a ti’…
…pero siempre es más fácil decirlo que cumplirlo. Esa es una verdad que descubrirá la pareja protagonista de este western, una de las cumbres de Anthony Mann, y curiosamente una de sus escasas películas pertenecientes a este género en las que no contó con James Stewart como protagonista. Aquí ese rol recae en Glenn Ford, también en uno de sus papeles míticos, posiblemente el que más junto al de ‘Gilda’.
Ford, que ya tenía una cierta edad, es el 'cimarron' del título, el prototipo de hombre hecho a sí mismo norteamericano, un pionero en todos los sentidos acostumbrado a lanzarse a la aventura sin pensárselo. No extraña, pues, que se embarque en la odisea de ser uno de los primeros colonos de Oklahoma en 1889, participando en una carrera para hacerse con un terreno de cultivo. Una aventura en la que embarca a su mujer, con la que acaba de contraer matrimonio, y que parece su antítesis, perteneciente a una familia bien y que nunca ha salido de casa. María Schell interpreta a este personaje, al que convierte en la otra clave de la película, no en vano durante buena parte de su metraje Ford desaparece de la pantalla debido a esas ansias de aventura. Y es que la historia de amor entre ambos, llena de altibajos, es la gran trama del film, por encima de las mil y una aventuras del protagonista, enlazadas como si fuesen episodios de una serie, una estructura que no beneficia en exceso al film.
El primero de esos capítulos es el más espectacular, la carrera entre los aspirantes a colonos que se convierte en el momento más épico del film, y donde queda más patente su carácter de superproducción. Mann inauguraba así un periodo de su carrera, en el que a continuación se trasladaría a Europa para dirigir ‘El Cid’ y ‘La caída del imperio romano’. ‘Cimarron’ resulta así lo más opuesto a uno de sus primeros westerns, ‘Winchester 73’, tal vez mi favorito de todos los tiempos, ya que con una gran economía de medios, una fotografía en blanco y negro, James Stewart y un elenco tremendo de secundarios encabezado por Shelley Winters, abarca todos los temas del género con una maestría pocas veces igualada.
En cuanto al argumento de ‘Cimarrón’, una vez instalado en Oklahoma, el protagonista, Yancy Crabat, pronto abandona sus sueños de convertirse en granjero para hacerse director de periódico y acabar emprendiendo nuevas expediciones que le alejarán de su mujer y su hijo. Es entonces cuando su esposa, Sabra, se cuestiona más que nunca si él la ama. Inolvidable su encuentro final con el personaje que interpreta otra mítica dama de Hollywood, Anne Baxter, también en una etapa muy avanzada de su carrera, como una ‘chica de vida alegre’ enamorada de Yancy a la que Sabra ve como una rival. Sin duda, mi escena favorita de la película.
Basada, al parecer, en una famosa novela norteamericana, en la mejor tradición de ‘Lo que el viento se llevó’, escrita por Edna Ferber, ‘Cimarrón’ prolonga su acción durante décadas, abarcando también el surgimiento de las petroleras, muy en la línea de ‘Gigante’ y haciendo que su protagonista tenga que desenvolverse tanto en tiroteos de saloon como en la arena política, mientras su mujer se convierte en una importante empresaria. ¿Triunfará su amor? Para eso hay que ver el último western de Anthony Mann, que nos recuerda, tal como dice uno de sus personajes secundarios, que ‘la vida no vale la pena vivirla sin un sueño’.
viernes, 30 de abril de 2010
Cleopatra: La épica de alcoba
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sábado, 24 de abril de 2010
'Pelham 1,2,3': El original siempre gana

Vaya por delante que no me considero un anti-Tony Scott, aunque tampoco lo tengo en los altares, pero en esta ocasión se cubre de gloria. Su actualización del concepto ‘Pelham 1,2,3’ (un grupo de delincuentes secuestra un vagón del metro de Nueva York) mantiene el ritmo frenético en tiempo real, que actualmente asociamos a la serie ‘24’, pero simplifica de manera notable el modelo original.
Scott reduce el argumento a un duelo entre los dos protagonistas, y cuando uno de ellos (Travolta) firma una actuación lamentable (ni vamos a comparar con la interpretación de Shaw, sencillamente perfecta), la película se hunde sin remedio. En cambio, la película del 74 contaba con un gran reparto coral que incluía a un buen número de los mejores secundarios de la época (Martin Balsam, Héctor Elizondo, Dick O’Neill...), lo que hacía ganar en interés al film. Como ejemplo, en el film de Sargent cada uno de los 4 asaltantes tiene una personalidad definida y los roces entre ellos son uno de los puntos fuertes de la cinta, mientras que en el de Scott sólo existe un sobreactuado Travolta.
Otra trama que desaparece en la versión actual es la del policía infiltrado en el vagón, del que desconocemos su identidad, lo que suma más tensión e intriga al desarrollo del film. Por no hablar del cambio del final, donde también sale perdiendo la nueva versión.
Por descontado, en el remake sólo se salva Washington, que luce su habitual profesionalidad y se beneficia de un personaje más trabajado que el de Matthau, quien, eso sí, encajaba a la perfección en la apuesta de Sargent por rebajar la tensión en determinados momentos con ligeros y eficaces toques de humor, ausentes por completo en una cinta que Scott podría haberse ahorrado.
El detalle cinéfilo: Los cuatro asaltantes se llaman entre sí por colores (Mr. Green=Señor Verde) para evitar ser identificados, tal como ocurriría en cintas posteriores como el ‘Reservoir Dogs’ de Tarantino.



