viernes, 11 de octubre de 2013

El estreno: Un 'Caníbal' llamado Antonio de la Torre


Semana bastante interesante en cuanto a estrenos la que nos ocupa. De los USA nos llega un poco de todo: El mayordomo, una de las primeras películas que empiezan a sonar para los Oscar (aunque le doy pocas posibilidades), con Forest Whitaker encabezando un extensísimo reparto como un mayordomo de la Casa Blanca que llega a conocer hasta a siete presidentes; el thriller Prisioneros, con Hugh Jackman y Jake Gyllenhaal, y The bling ring, lo nuevo de Sofia Coppola, una comedia basada en la historia real de unas jóvenes pijas a las que les dio por robar en casa de Paris Hilton y otras famosas, con Emma Watson en su reparto.

Pero, francamente, este fin de semana resultan más estimulantes los estrenos en lengua hispana. Para empezar, la argentina El médico alemán, con una pareja interpretada por Diego Peretti y Natalia Oreiro que conocen, sin saberlo, al doctor nazi Mengele, interpretado por Àlex Brendemühl.

Y no está muy lejos de esta propuesta nuestro estreno de la semana -todo sea por llevarle la contraria al iletrado de Montoro- Caníbal, donde Manuel Martín Cuenca dirige a un Antonio de la Torre que puede haber encontrado el papel de su vida, el de un sastre aparentemente gris y anodino... al que le gusta comerse a sus parejas. Un film que está cosechando elogios por donde va, y que hubiera sido una apuesta para los Oscar bastante más sólida que 15 años y un día.

miércoles, 9 de octubre de 2013

La inmortal torre de Stephen King


El hombre de negro huía a través del desierto, y el pistolero iba en pos de él.

Resulta difícil imaginar un inicio más impactante para una novela. Aunque, claro, reducir La Torre Oscura a una mera novela es quedarse muy lejos. A Stephen King le llevó 34 años completar su obra magna, y parece que aún no ha dicho la última palabra al respecto, puesto que acaba de volver a este universo con un nuevo libro que no es una continuación de los siete precedentes, sino una historia –o más bien dos- autoconclusiva, ambientada en el mismo, El viento por la cerradura (2012).

Más aún, puede decirse que, en realidad, Stephen King no ha escrito otra cosa que La Torre Oscura, ya que en esta saga está condensada buena parte de su obra, incluyendo la aparición de personajes de otras novelas, como el reverendo Callahan de Salem’s Lot (1975) o el protagonista de Corazones en la Atlántida (1979).

Más aún, en La Torre Oscura encontramos las sneetches de Harry Potter y la Ciudad Esmeralda de Oz, ademá de referencias al rey Arturo y Merlín, por citar solo algunas de las múltiples referencias de la literatura popular que King utiliza a su antojo. Aunque si hablamos de influencias, esta ambiciosa historia podría definirse como un cruce entre los westerns de Sergio Leone y El Señor de los Anillos, no en vano también encontramos los silmarils y un villano que, físicamente, recuerda mucho a Sauron.

A simple vista puede parecer todo un galimatías, y en realidad lo es, con el eterno peregrinaje del carismático protagonista, Roland Deschain –el último pistolero- en busca de La Torre Oscura, el nexo entre mundos. Y es que una de las claves de esta insólita propuesta literaria es que hay muchos mundos, incluyendo el nuestro y todos aquellos que han brotado de la pluma de King, quien incluso llega a aparecer como uno de los personajes en los últimos volúmenes.

La Torre Oscura dista mucho de ser una obra redonda dado su particular proceso de escritura. El primer volumen, muy en la línea de Fundación de Asimov, no se publicó hasta 1982 y es en realidad la recopilación de cinco relatos, apenas lineales, que King empezó a escribir en 1970, inspirado por las obras de Tolkien y Leone –la segunda línea es El desierto era inmenso, la apoteosis de todos los desiertos- y llevado de la desmedida ambición que siente todo joven escritor.

En estos primeros relatos ya aparecen la impresionante figura de Roland, la estrella indiscutible de esta saga –y que iba a ser interpretado por Bardem en una versión cinematógrafica que ahora está en punto muerto, aunque un joven Eastwood sería la mejor opción-, y algunos personajes claves como uno de sus  principales antagonistas, el Hombre de Negro –también villano de otras obras de King como Apocalipsis (1990)- y el joven Jake, con quien el pistolero formará un vínculo muy especial. Y en ellos ya tenemos esa ambientación propia del western, pero en lo que parece también un futuro postapocalíptico de un universo similar al nuestro, pero cambiado, en el que permanecen algunos vestigios del pasado como la canción Hey Jude de los Beatles.

Con el paso de los años, King acabaría volviendo al universo de La Torre Oscura una y otra vez, empezando por un segundo volumen en el que se presentan los otros dos personajes que formarán el ka-tet de Roland: Eddie, un yonqui procedente del Nueva York de los 80, y Susannah, una joven de color que perdió las piernas en un ‘accidente’ en el metro, con trastorno de personalidad múltiple y procedente de la época en la que Kennedy vivía. Y es que aquí se introducen ya los viajes en el tiempo a través de unas puertas muy especiales.

Este segundo volumen es uno de los más caóticos y que ponen a prueba la suspensión de incredulidad, pero presenta a dos personajes, los citados Eddie y Susannah, que como Roland y Jake acaban siendo para el lector tan reales como cualquier persona, y que derrochan carisma por los cuatro costados. Encontramos además la soberbia capacidad de fabulación de King, capaz de hacer que el lector sienta el mismo frío que sus personajes y hasta oler el polvo y sentir el crujido del cuero, como él mismo dice en su despedida tras los siete volúmenes y miles de páginas –solo el cuarto y séptimo volúmenes tienen un millar cada uno- escritos.

La historia se va volviendo más grande y abrumadora a medida que avanza, aunque el punto clave fue el brutal accidente que el escritor sufrió en 1999, cuando una furgoneta lo atropelló y estuvo a punto de morir. Es entonces cuando decidió afrontar la conclusión de la saga y escribió de una tacada los tres últimos volúmenes, además de revisar los anteriores e incluso cambiar los títulos, tratando de darle una mayor cohesión a su obra.

Por lo que a mí respecta, mis favoritos son sin duda los volúmenes cuarto y quinto, Mago y Cristal (antes titulado La bola de Cristal), y Lobos del Calla. Es aquí donde tenemos los pasajes que evocan más el farwest, primero con un flashback en el que el pistolero narra a sus compañeros un momento muy especial de su pasado, aquel en el que la arrogancia de la juventud le costó la vida de su amada, y después con una impecable versión de Los siete magníficos.

A partir de ahí, la cosa empieza a perder fuelle. El penúltimo volumen, Canción de Susannah, es el menos autónomo de la serie, y parece claro que su única razón de existir era dividir en dos partes el extensísimo volumen final, mientras que el épico desenlace tiene posiblemente todo lo que podría pedírsele, incluidas muchas muertes de personajes claves y muchas despedidas, además de un final inevitablemente polémico, pero desde luego original y más que adecuado.

Al final, como dice el propio King en su despedida, siempre hay que recordar que lo importante no es lo que encontramos al final del camino sino el viaje –seguro que Paulo Coelho estaría de acuerdo- y yendo hacia la Torre Oscura ha habido momentos inolvidables como el duelo de adivinanzas con Blaine el Mono –el superordenador que controla un monorraíl a velocidad de vértigo-, las maldades de la bruja Rhea de Cos, el duelo en el que Roland demostró su hombría utilizando como arma… un halcón, cierta hoguera con carne humana como combustible, la batalla definitiva del padre Callahan contra los vampiros, y tantas otras que el lector siempre recordará, además de unos personajes que ya son inmortales.

Y sobre todo, Roland, el pistolero, siempre en pos de la Torre Oscura. Cueste lo que cueste.

PD: Tal vez porque King es el paradigma moderno de escritor popular, la crítica no suele tenerle excesiva estima. Pero quien haya leído It (1986) o La Torre Oscura sabe que estamos, sin duda, ante uno de los mejores autores de las últimas décadas, un fabulador nato y mucho más que un simple 'escritor de terror'. Y a diferencia de otros, tal vez ahora mejor considerados, me temo que King quedará para los restos. Ahí está para echar una mano su perpetuo idilio con el cine y la televisión, cuyos últimos frutos son el inminente remake de Carrie, el título que lo empezó todo en 1974, y el bombazo veraniego de La Cúpula, de la que hablaremos próximamente.

domingo, 6 de octubre de 2013

'Arrow': Reinventando a Oliver Queen... y fusilando 'Batman begins'


Una de las escenas más memorables de Carcaj, la saga con la que el cineasta KevinSmith, metido a guionista de cómic, relanzó al personaje de Flecha Verde –y a su encarnación más lograda, la de Oliver Queen- es aquella en la que Batman y Flecha Verde rememoran viejos tiempos y este recuerda su Arrow-cueva, su Arrow-coche o su Arrow-plano y Batman le suelta “¿es que nunca tuviste una idea original?”.

Y es que, al fin y al cabo, Flecha Verde es, en muchos aspectos, el personaje del universo DC más similar a Batman, no en vano ambos son de los pocos héroes sin poderes y no son otra cosa que dos millonarios tratando de acabar con el crimen.

Diríase que al poner en marcha la nueva versión del justiciero de la flecha para la televisión, han tenido presente más que nunca sus puntos en común con Batman… o simplemente han querido tomar como modelo la última versión cinematográfica del hombre murciélago.

Así, en Arrow también tenemos una arrow-cueva y a un personaje más torturado y oscuro que de costumbre. Como en la versión canónica, este Oliver Queen es un playboy millonario que para sobrevivir tras un naufragio en una isla se convierte en una máquina de matar… aunque las coincidencias con el original casi acaban ahí.

De lo que ocurre en la isla nos iremos enterando poco a poco con flashbacks a lo Perdidos, aunque, dado que Queen pasa cinco años en la isla, en la primera temporada no se nos cuenta todo, sino solo, digamos, una primera aventura, en la que de una manera bastante realista –ya hemos dicho que el modelo es el Batman de Nolan- descubriremos cómo el protagonista consigue sus habilidades excepcionales.

El caso es que el padre de Queen, antes de morir como consecuencia del naufragio, le reveló que estaba envuelto en negocios turbios y le dio una lista con todos sus compinches. Así que este nuevo Oliver regresa con una misión, la de acabar con todos los mafiosos que aparecían en la libreta de su padre, y ahí, como se verá en los últimos episodios de la primera temporada, tenemos otro punto en común con el Batman de Nolan: Queen, como Bruce Wayne, cree que una vez concluya su cruzada, una vez tache todos los nombres de la lista, podrá tener una vida normal con el amor de su vida.

Entramos ahí en el apartado propio del culebrón, con el amplio elenco de personajes secundarios que rodean al protagonista, a quien por primera vez le han dado una madre –con nuevo marido negro incluido- y una hermana menor. La primera dará mucho juego, ya que está implicada hasta el fondo en la trama central de la temporada, muy relacionada con las verdaderas causas del naufragio ‘accidental’, y respecto a la segunda, baste decir que su apodo es Speedy.

Quien haya leído el cómic sabrá que este fue el primer nombre de guerra del sidekick de Flecha Verde, es decir, el equivalente al Robin de Batman. Un compañero de aventuras que tuvo sus más y sus menos con las drogas, así que avisados estamos. Por cierto, la identidad real de Speedy en los cómics es Roy Harper, quien aparece en los últimos episodios como interés romántico de la hermana de Queen, y por tanto, no es muy difícil imaginar el futuro que le espera en la segunda temporada.

Siguiendo con el elenco  más cercano al protagonista, no falta su novia de toda la vida (en el cómic, se entiende), a la que también le han cambiado el nombre, como a casi todo. Si la ciudad en la que transcurre la acción ya no es Star City, sino Starling City (¿?), la novia es ahora Laurel Lance, aunque Dinah, el nombre original, se mantiene como segundo nombre que apenas se utiliza. Dinah, digo Laurel, aún no es Canario Negro, otra justiciera –con uno de los uniformes más sugerentes y menos imaginativos del cómic-, aunque habrá que ver qué ocurre en la segunda temporada.

La relación entre ambos será tan complicada como la que mantienen Clark y Lana en Smallville –bueno, tanto tampoco-, ya que, para empezar, Oliver se acostaba con la hermana menor de Laurel... que también falleció en el naufragio. Y aunque Oliver ya no es para nada aquel playboy irresponsable, de cara a la galería, para salvaguardar su identidad secreta, sigue mostrándose como tal, muy en la línea del Bruce Wayne de Nolan, al que recuerda y mucho en los primeros episodios.

Y para complicar más las cosas, Laurel tiene un padre policía que hace responsable a Oliver de la muerte de su hija pequeña. En este caso se han inspirado en Spiderman y el padre policía de Gwen Stacy, que aquí empezará como el principal perseguidor del nuevo justiciero para acabar aliándose con él, sin llegar a la estrecha relación entre Gordon y Batman.

El entorno de Oliver se completa con un amigo de toda la vida, que también se ha vuelto más responsable y ha tenido algún lío con Laurel mientras Oliver estaba en la isla; un fiel escudero de color que ejerce como voz de la conciencia del protagonista, evitando que se extralimite y haciéndole ver sus errores, y la ya clásica informática, tan geek como espectacular.

Ah, y no nos olvidamos del padre del mejor amigo de Oliver, ya que, en una primera temporada en las que las múltiples relaciones paterno-filiales, como ocurría en Smallville, dan para mucho, no es otro que el más malo de todos los malos, encarnado además por John Barrowman, el capitán Jack de Dr. Who, aunque aquí no se divierta tanto.

Con un planteamiento mucho más adulto y ambicioso que Smallville, cierto es que Arrow no desdeña –en absoluto- recursos fáciles para atraer a la audiencia, como exhibir en cada capítulo el potente torso desnudo y lleno de cicatrices de guerra del protagonista mientras, ejem, se ejercita para estar en forma, al tiempo que en esta primera temporada tiene no menos de cuatro relaciones amorosas, con novias a cuál más imponente, a ambos lados de la ley.

Pese a ello, puede decirse que Arrow debería marcar la pauta para las muchas series sobre héroes del cómic que se están preparando –Shield, Constantine, Flash, Gotham…- ya que, aunque podría mejorarse, mantiene un notable nivel. Las escenas de acción están bastante logradas, y ya han aparecido unos cuantos personajes del cómic, convenientemente reinventados para la ocasión: el conde Vértigo (interpretado por Seth Gabel, familiar para los seguidores de Fringe), Deadshot, la Cazadora, y sin movernos de la isla, Shado y un tal Slade Wilson, más conocido en el cómic como Deathstroke, aunque aquí aún no ha explotado como villano.

Como ocurre con toda serie de 23 episodios, donde la mayoría son autoconclusivos al margen de las tramas que se van desarrollando durante toda la temporada, la irregularidad es la nota habitual, y rara ha sido la semana en la que en Antena 3, donde la serie se ha emitido a razón de dos episodios por semana, no hubiese un capítulo más interesante y otro más flojo. A destacar el 14, que transcurre por entero en la isla –y no es precisamente uno de mis favoritos- y el díptico dedicado a la primera aparición de la Cazadora, donde la serie dio un salto de calidad. Eso sí, tal vez se han precipitado al volver a utilizar a determinados villanos en esta misma temporada, repitiéndose un tanto.

Y volviendo a las similitudes con Batman, sin desvelar demasiado, la trama central, el misterioso plan de la misteriosa Iniciativa, está calcado de Batman Begins… solo que aquí se han atrevido a cambiar el final con un inesperado y brutal desenlace que va a marcar una segunda temporada que promete muchas novedades y la aparición de un tal… Flash.


El detalle: En cuanto al actor protagonista, Stephen Amell, bueno, convincente, salvo cuando se pone la peluca para las escenas de la isla... Atractivo, de mandíbula cuadrada y sin demasiadas dotes interpretativas, pero la verdad es que, físicamente, recuerda mucho a la imagen clásica del personaje. Otra cosa es que este Oliver Queen tenga poco que ver con el original, aunque resulta bastante apañado y recupera el uniforme de su época más gloriosa.

viernes, 4 de octubre de 2013

El estreno: Cuarón se va al espacio


Pocas dudas sobre cuál es el elegido entre la amplia nómina de estrenos de esta semana, incluyendo varios megapublicitados. Es el caso de uno de los dos estrenos patrios, Zipi y Zape y el Club de la Canica, que supone el salto a la gran pantalla de la popular creación de Escobar, que lo mismo que Mortadelo y Filemón ha tardado lo suyo. Aunque prefiero, cosas de la edad, el otro estreno nacional, La herida, que le ha valido a su protagonista, Marián Álvarez, el premio a la mejor actriz en San Sebastián. Y cerramos los estrenos en español con la argentina Mi primera boda, siguiendo la línea de comedias románticas en torno a una boda, con Natalia Oreiro con protagonista.

Sin movernos del otro lado del charco, pero subiendo hasta Norteamérica, tenemos de todo: la comedia Los muertos del hambre, que parodia la película que podéis imaginaros al más puro estilo Scary Movie; el thriller Runner, runner, con Justin Timberlake y un sobreactuadísimo (o esa impresión da en el tráiler) Ben Affleck; y El mayordomo, que dudo mucho que sea la película de los Oscar como anuncia su publicidad pero tiene a Forest Whitaker al frente de un larguísimo megareparto, en la biografía de quien sirvió como mayordomo a siete presidentes de los USA.

Pero la elegida es otra cinta de la que se viene hablando, y mucho, desde hace bastante tiempo: Gravity, el regreso a la dirección de Alfonso Cuarón, que no se ponía tras las cámaras desde Hijos de los hombres (2006). Film 'minimalista' el que nos ocupa, que sigue las peripecias de dos astronautas encarnados por George Clooney y Sandra Bulloch, que tras un accidente en el espacio tratan desesperadamente de regresar a la Tierra.

Pero aquí lo de menos es la historia -al parecer todos los defectos de la película vienen de la misma-, y tampoco espere el espectador un thriller que le deje sin respiración. Al parecer Cuarón busca emular al Kubrick de 2001 (1968) y lo suyo es ofrecer una experiencia visual inédita en la pantalla grande, con largos planos secuencia e imágenes del espacio de una belleza sobrecogedora. Dicen que le sobra la banda sonora, y habrá que ver si resucita al 3D... aunque me temo que va a acabar en fracaso de taquilla.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Los espejos deformantes de Gotye


El disco que descubrió a Gotye al gran público demuestra algo que suele ser bastante habitual en la música, y es que menos es más. El estilo del cantante se caracteriza por acumular efectos de sonido y experimentar, buscando resultados originales. Sin embargo, cuanto más simple se muestra en su propuesta, cuanto más desnuda su sonido, es cuando más da en el clavo.

Curiosamente los cinco primeros temas de Making mirrors (2011) van in crescendo en su duración, de uno a cinco minutos, y también en calidad. El primer tema, precisamente el que da título al disco, es un mero prólogo experimental de un minuto, con más música que otra cosa. En el segundo se multiplican los efectos y los experimentos, pero sin lograr nada. Solo en el tercero despega el disco, encadenando dos joyas. Primero Eyes wide open, más espectacular y épico, y después esa impresionante balada que es Somebody that I used to know, con la impagable colaboración de la neozelandesa Kimbra, por mucho que finalmente reconociese haber copiado el tema.




Tras estos dos temazos, en los que Gotye recuerda, y mucho, al mejor Peter Gabriel, vuelve a naufragar en Smoke and mirrors, el tema más extenso del álbum, donde de nuevo acumula constantes efectos que se quedan en pura pirotecnia.

Nada que ver con I feel better, cambio total de registro para mostrarse más, digamos, crooner años 50 recurriendo a instrumentación de viento, y volviendo a acertar de pleno. Un estado de gracia que se prolonga brevemente con In your light, igualmente luminosa, antes de que Gotye vuelva a la experimentación y con ello el disco baje notablemente. Primero con State of the art, más de cinco minutos con distorsiones vocales, creando cierta atmósfera divertida, pero sin ser nada del otro mundo, y luego con la mucho más floja Don’t worry we’ll be watching you, prácticamente tres minutos de música que no hay por donde coger.

Y para cerrar Making Mirrors, Gotye vuelve a la sencillez. Giving me a chance es la otra balada del disco, aunque sin llegar al nivel de Somebody…, mientras que Save me cierra el disco en lo que parece una continuación del otro gran tema de este trabajo, Eyes wide open, de nuevo con protagonismo absoluto para la percusión.

En resumen, Gotye muestra hasta cuatro caras bien distintas en un trabajo más que irregular, en el que no esperéis encontrar nada que se asemeje a Somebody…: baladas desnudas (Somebody… y Giving…), épica espectacular (Eyes wide open y Save me), pop rock clásico desenfadado (I feel better e In your light) y experimentación sin rumbo, donde apenas se salva State of the art, el tema más trabajado.