sábado, 10 de noviembre de 2012

'Invictus': Soy el amo de mi destino, el capitán de mi alma



Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma. Así acaba el poema Invictus de William Ernest Henley, el mantra que Nelson Mandela se repetía a sí mismo en los peores momentos durante los 27 años en que estuvo preso. ¿Cómo pudo después perdonar a sus carceleros y tender la mano a la población blanca de Sudáfrica? Esa es la pregunta que se hace François Pienaar, el capitán de la selección sudafricana de rugby encarnado por Matt Damon en el film de Clint Eastwood titulado como el citado poema, y en su respuesta radica la grandeza de la película y del legado de Mandela.

El cineasta se basa para la ocasión en el libro El factor humano de John Carlin, que analiza desde una óptica periodística cómo el presidente sudafricano supo utilizar el deporte para unir a la población negra y blanca del país. Tras la liberación de Mandela y su ascenso al poder, lo normal, tal como pronostica erróneamente el padre de François en el arranque del film, es que la población negra hubiese tomado represalias contra la blanca, que pese a ser minoría les había sojuzgado hasta entonces, incluyendo una fuerte represión policial.

Dado que la selección de rugby, los Springboks, solo representaban a los blancos (y el propio Mandela animaba a cualquier equipo rival cuando estaba en la cárcel), estaba cantado que el nuevo Gobierno iba a eliminarlo como símbolo nacional. Pero, como muestra perfectamente el film, Mandela sabía que eso alimentaría el rencor de la población afrikáner y solo serviría para ahondar las heridas entre ambos pueblos.

El ojo por ojo y diente por diente conduce únicamente a una espiral interminable de violencia, por lo que Mandela tenía muy claro que, si lo que quería era sacar adelante un país con graves problemas económicos, había que sumar a la causa tanto a negros como a blancos. Y aprovechando la celebración en Sudáfrica de la Copa del Mundo de rugby a un año vista, puso en marcha su plan para que los Springboks representasen de verdad a todo el país, sabiendo que no hay como una victoria para que todos hagan causa común.

Eastwood le regala a su amigo Morgan Freeman el papel para el que sin duda ha nacido este formidable actor, al que no le hace falta maquillaje para ser un clon de Mandela y además prestarle toda su humanidad. Inmenso en cada escena, en cada parlamento, Freeman se echa a la espalda buena parte del metraje, marcadamente político. Tan político que podía haber echado para atrás a la audiencia, pero ahí el director juega la baza de recuperar el mejor cine deportivo para mostrar cómo un equipo vulgar como eran los Springboks pudieron llegar a derrotar en la final a la todopoderosa Nueva Zelanda de Jonah Lomu y hacerse con el título mundial.

Ahí es vital el papel de Damon, encarnando al capitán blanco que supo hacer suyo el objetivo de Mandela, comprendiendo además sus verdaderas motivaciones y asomándose al misterio del perdón. En este sentido resulta clave la escena en la que el equipo de rugby visita la cárcel en la que estuvo Mandela, donde por fin la voz en off de este recita el poema tras haberlo mencionado un par de veces a lo largo del metraje.

La parte deportiva va ganando peso a medida que avanza el film. El mundial arranca a mitad de película, y toda la parte final es el último partido, con Eastwood alternando lo que ocurre sobre el césped con las imágenes del público, mostrando cómo la población de color también hizo suyos los colores de los Springboks, sobre todo en la escena en la que un chiquillo negro que al principio de la película ha rechazado un uniforme del equipo por asociarlo a la represión, merodea junto a un coche con dos policías blancos que escuchan el partido por la radio. Al principio los policías le dicen que se vaya de malos modos, pero él insiste, y al final, cuando ganan, los policías le levantan en brazos y hasta le regalan su gorra.

Eastwood también muestra a la perfección el sentimiento de las dos poblaciones de Sudáfrica a través de los guardaespaldas de Mandela, quien, también en contra de lo que todos pensaban, no despidió a todo el personal blanco del Gobierno, sino que les dio la opción de quedarse. Esto obliga a trabajar juntos a los negros que hasta entonces habían velado solos por la seguridad de Mandela en los momentos más duros, y a los blancos que protegían al presidente De Klerk. Todos ellos pasan del recelo inicial a hacerse amigos, tal vez de manera demasiado idealista.

Y es que Eastwood, en su último film realmente popular, antes de los patinazos, al menos en nuestro país, de Hereafter y J. Edgar, comete algunos errores de bulto, que destacan sobremanera ante la maestría con la que lleva tanto las escenas íntimas como las deportivas. Ahí está esa canción, creo que de Robbie Williams, que hiere los oídos y destroza la visita de Mandela a los jugadores en plena concentración, y algún que otro intento fallido por meter tramas de suspense, como el amago de atentado en la final.

Pequeños defectos en un trabajo que nos recuerda la inmensa figura de Mandela, quien, con sus errores (ahí están las escasas referencias del film a sus problemas matrimoniales y a la mala relación con su descendencia), defendió una filosofía de vida de la que todos podríamos tomar nota, primando el perdón frente al revanchismo en aras de la convivencia y el bien común.


El detalle: Siempre dispuesto a echar una mano a los suyos, Eastwood recurre en Invictus a su hijo mayor, Kyle, para la banda sonora del film, mientras que otro de sus vástagos, Scott, interpreta al jugador que le da la victoria a los Springboks. Por cierto que a Scott también le vimos en otras películas de su progenitor: Banderas de nuestros padres y Gran Torino, y ambos compartirán trabajo en el regreso de Eastwood a la interpretación en Golpe de efecto, su primer papel en una cinta que no dirige desde En la línea de fuego (1993).

viernes, 9 de noviembre de 2012

El estreno: El narcotráfico según Cuerda y Rivas


Tras lo nuevo de Bond, toca semana cargada de estrenos, digamos a medio gas, en la que tenemos desde el regreso de Darío Argento con su Drácula 3D al último film de Disney que exprime el personaje de Campanilla, pasando por la enésima comedia sin gracia de Ben Stiller y Vince Vaughn. Pero también tenemos Buscando a Eimish, con Óscar Jaenada y Manuela Vellés en una historia de desamores, y una de las películas europeas del año, En la casa, a cargo del galo François Ozon, que triunfó en San Sebastián.

Pero quien gana esta semana es José Luis Cuerda, quien la verdad es que me caía mejor cuando dirigía comedias surrealistas como Amanece que no es poco, que ahora que parece haberse pasado al drama sin posibilidad de vuelta atrás. Acertó en La lengua de las mariposas, erró en Los girasoles ciegos con ese estrepitoso error de cásting llamaro Raúl Arévalo, y ahora repite con otra historia de Manuel Rivas, autor de la primera.

El argumento de Todo es silencio nos lleva a Galicia y gira en torno al narcotráfico, con la sombra alargada de No habrá paz para los malvados, lo que no dice demasiado a su favor y lo vuelve todo muy cansino. Pero ahí están Quim Gutiérrez, Celia Freijeiro (esa mujer que no tiene suerte en tv: Pelotas y Homicidios), y sobre todo Juan Diego. Otra cosa es Miguel Ángel Silvestre, mafioso una vez más, y que si todo lo interpreta como en el tráiler, mal vamos (y mira que el chico es de Castellón y uno le desea toda la suerte del mundo...).

La gran baza puede ser la parte dedicada a la infancia de los protagonistas y esa evocación nostálgica después, cuando un niño se ha convertido en policía, otro en ladrón y la chica se ha casado con este último, por supuesto, aquel al que no quería. Demasiado típico y conocido. Veremos qué ofrecen de nuevo.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

'Infierno sobre ruedas': la dura historia del ferrocarril



Infierno sobre ruedas es la primera obra en la que ejerce como autor John Shiban, forjado como guionista en series como Expediente X o Breaking Bad. En su primera creación propia ha apostado por el western, que en los últimos tiempos ha dado seriales tan interesantes en la pequeña pantalla como Deadwood o Justified.

Aquí la historia se centra en Infierno sobre ruedas, el poblado móvil de los trabajadores del ferrocarril, en una época en la que la civilización trataba de llegar al farwest. Derroche de medios en los escasos 10 capítulos de la primera temporada, a la que le ha seguido una segunda y ya hay confirmada una tercera, mientras las intenciones de Shiban son que alcance las cinco.

Los protagonistas principales son Cullen Bohannon y Lily Bell, dos personas heridas que arrastran importantes pérdidas personales. Ambos son viudos y poco a poco se sentirán inevitablemente atraídos (se ve desde el principio), a medida que vayan viendo lo equivocada que era la primera impresión que tuvieron el uno del otro.

Bohannon arrastra además el pesimismo del sureño que luchó y perdió la guerra civil, para encontrarse al regreso con su mujer e hijo asesinados por los yanquis. Su búsqueda de los asesinos le lleva hasta el ferrocarril, donde un giro inesperado le convertirá en el capataz.

Lily pierde a su marido, el ingeniero del ferrocarril, en el primer episodio al ser atacados por los indios y mostrará ser mucho más dura de lo que parece indicar su frágil apariencia. También será cortejada, de manera mucho más directa, por el dueño de la empresa de ferrocarril, Thomas C. Durant, interpretado por Colm Meaney, que es la gran baza de la serie. Un hombre forjado a sí mismo, carente de escrúpulos, cuyo carácter queda perfectamente definido en secuencias como cuando desecha que el ferrocarril vaya del punto A al punto B por el trayecto más corto, dado que el Gobierno le paga a tanto el tramo de vía. Gran personaje, y Meaney sabe lo que tiene entre manos, así que le saca todo el partido.

A su alrededor giran personajes de toda condición: el exesclavo negro que ve como las cosas no han cambiado demasiado; los irlandeses que tratan de ganarse la vida con un cine y acaban inventando el porno; un predicador pirado y su protegido, un indio convertido; una joven raptada de niña y marcada por los indios que acaba ganándose la vida como prostituta; y un matón sueco demasiado caricaturesco, que es uno de los escasos puntos débiles de la serie por poco creíble.

En 10 capítulos tenemos de todo: ataques de los indios, descarrilamientos, intentos de linchamiento, tiroteos, un tremendo combate de boxeo, la estrecha conexión entre política y negocios… y un desenlace hasta cierto punto cerrado, con el ferrocarril llegando hasta una de sus metas antes de continuar más allá.

Si acaso le falta algo a la serie es un toque de humor, tal vez tomarse un poco menos en serio a sí misma, pero está claro que para John Shiban los tiempos del farwest eran tiempos duros, así que en Hell on wheels no hay concesiones y hasta las sonrisas andan escasas. Lo que sí ha logrado esta serie es recuperar el sabor del mejor western y dejarme con ganas de ver qué rumbo toman los habitantes de Infierno sobre ruedas en la segunda temporada.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Una ocasión perdida para cerrar el Seattle Grace



Al igual que ocurriera, por ejemplo, con la séptima temporada de 24, Anatomía de Grey ha perdido una gran oportunidad para cerrar la serie en su octava entrega, tras haber explotado personajes y situaciones más allá de lo conveniente. Ocho temporadas en las que se han narrado los cinco años de aprendizaje en el hospital Seattle Grace de los protagonistas. Un periodo que culmina en esta temporada con los exámenes finales que han de pasar los futuros cirujanos (capítulo 22) y con la marcha de todos ellos a distintos hospitales de Estados Unidos. Era, pues, la ocasión perfecta para despedir una serie que marcó época en sus primeras temporadas, con su explosiva combinación de cirugía y sexo. Pero habrá temporada 9, lo cual, a estas alturas, parece bastante innecesario.

En las últimas temporadas, como ocurriera con el otro gran drama médico de los últimos tiempos, Urgencias, Anatomía de Grey ha ido perdiendo chispa. Han desaparecido personajes claves como George o Izzie, a los que no han hecho olvidar ni de lejos sus sustitutos, Avery y Kepner; hay personajes que ya se han emparejado con todo el mundo, y la relación entre Meredith y Shepherd parece más que explotada. Peor aún, la serie ha multiplicado en los últimos tiempos los toques de comedia, que no le hacen ningún bien. Así ha quedado patente en esta octava entrega, que solo ha recordado a los mejores momentos de temporadas precedentes cuando se ha puesto dramática 100%. Ahí es donde siempre ha dado lo mejor de sí.

La temporada arranca con las consecuencias de lo ocurrido en el desenlace de la anterior, lo que entre otras cosas llevará a que tengamos nuevo jefe de cirugía, con el jefe Webber pasando a un discreto plano, en el que alternará momentos brillantes con otros demasiado surrealistas. Lo mejor: la trama del alzheimer de su esposa, que tras ponerse en marcha en la temporada anterior será explotada a conciencia en estos capítulos, mostrando la enfermedad en toda su crudeza.

Por supuesto Meredith también tendrá que afrontar lo ocurrido, lo que supondrá un nuevo cambio en su relación con Derek, aunque la clave de la primera mitad de la temporada será la problemática adopción de Shola. Y si Meredith quiere tener descendencia, Cristina no quiere ni oír hablar, así que su decisión de abortar chocará con los deseos de Hunt, en una relación que se convertirá en un infierno… aunque acabará por cansar bastante.



Una clara muestra del bajón de la serie es el elevado número de personajes con los que los guionistas ya no parecen saber qué hacer y que pierden protagonismo a marchas forzadas. Para empezar, la pareja formada por Callie y Arizona, que prácticamente le robó el protagonismo a los personajes principales en la temporada anterior, y que aquí va a pintar bastante poco. En cuanto al tercer vértice de dicho triángulo, Mark Sloan, es uno de los más perjudicados por el creciente tono cómico de la serie en sus escenas con Avery, al que toma como discípulo en otra relación de tintes ridículos.

Y hablando de triángulos, tenemos el de Sloan, Avery y Lexi, sin demasiado interés, y con esta última casi ausente de la primera parte de la temporada, pasando por sus peores momentos como personaje, mientras Carew sigue en su línea, alternando su fachada dura con momentos tiernos (atención a la trama del parto prematuro, de lo mejorcito de la temporada), e incluso Miranda se pierde en triángulos amorosos.

Pero para personaje echado a perder el de April Kepner, que pasa de un buen inicio, en el que se aprovecha su nueva condición de jefa de residentes, a convertirse en poco más que un chiste, hasta los capítulos finales, donde se apuntan por donde van a ir los tiros en la siguiente temporada. Ojo, por cierto, a su cambio de imagen, con una melena pelirroja espectacular.

Mención aparte para Debbie Allen, la mítica profesora de Fama, que se incorpora como invitada especial, interpretando a la madre de Avery, como otro de los puntos fuertes de esta temporada, y para el capítulo 13, la curiosidad de esta temporada. Si en la anterior tuvimos un musical, aquí van de realidades alternativas, jugando a mostrar cómo hubieran sido las cosas si, para empezar, la madre de Meredith no hubiera tenido alzheimer y se hubiera casado con Webber. Versiones alternativas de todos los personajes (atención a Lexi y a Carew)… para un mismo final.

Una octava entrega que, por lo demás, tiene como imprescindibles los capítulos 9 y 10. El 8 sirve como preludio, con el regreso de la madre de George, que sirve para rememorar con nostalgia tiempos mejores, antes de una larga y dramática noche que lo cambiará todo. Ah, y no nos olvidemos del episodio 20, La chica sin nombre, con la traumática historia de una joven que ha pasado años secuestrada. Ya se sabe, la realidad siempre supera a la ficción.

Aunque para cambios los que se avecinan en la novena temporada, y es que el último capítulo de la octava ya anuncia varias bajas tras un nuevo cataclismo absolutamente imprevisto y un 'continuará' brutal, a diferencia de las últimas temporadas, que habían terminado de manera bastante cerrada. Como ocurriera en Urgencias, toca renovar el reparto. Veremos si aciertan.

El detalle: Hasta en la banda sonora se nota el agotamiento de la serie. Si en las primeras temporadas Anatomía de Grey destacó por las canciones que subrayaban magistralmente los momentos más intensos, al tiempo que nos descubría a toda una serie de artistas de gran nivel (ey, incluso tengo los recopilatorios de las dos primeras temporadas), el repertorio musical ha ido perdiendo entidad hasta volverse de lo más banal. Y si en la séptima temporada el episodio musical recurrió a los grandes temas de aquellos primeros años, desde el emotivo Chasing Cars de Snow Patrol al imprescindible How to save a life de The Fray, pasando por el juguetón Ruby Blue de Roisin Murphy, en esta octava entrega vuelven a recurrir a dichas canciones cuando se ponen nostálgicos o llegan los grandes momentos de verdad.

sábado, 3 de noviembre de 2012

El estreno: Venga, James,que solo son 50 años


Vuelve Bond, y esa es la gran apuesta de la semana, por algo las andanzas cinematográficas del personaje cumplen nada menos que medio siglo. Pero si preferís otro tipo de propuestas, este fin de semana abunda en dramas con bastante interés. Tenemos el regreso de Fernando Meirelles, director de las soberbias Ciudad de Dios y El jardinero fiel, pero cuyo último trabajo, A ciegas, adaptación del Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, quedó muy lejos de las expectativas. Eso sí, viene acompañado por Anthony Hopkins, Jude Law y Rachel Weisz.

Otro film que promete, al menos a priori, es El ladrón de palabras, una película sobre escritores, con una historia dentro de una historia dentro de una historia, con Jeremy Irons, Bradley Cooper, Dennis Quaid, Olivia Wilde y Zoe Saldana. Otro reparto atractivo es el de El profesor, lo último de Adrien Brody, junto a Christina Hendricks, Lucy Liu, Marcia Gay Harden y James Caan.

En pleno Halloween, Ethan Hawke protagoniza la cinta de terror Sinister, y Paula Echevarría la española Vulnerables, que igual con la misma promoción que Lo imposible lograba la misma taquilla...

Pero el agente 007 cumple 50 años y lo hace con la tercera entrega de Daniel Craig. Curioso que tras la extraordinaria Casino Royale la franquicia tenga que reinventarse una vez más debido al desastre que fue Quantum of Solace. Así que olvidaos, esto no es un tercer capítulo sino el enésimo reinicio, y por lo visto el modelo vuelve a ser el Batman de Nolan: hay que oscurecer al protagonista y darle profundidad... como si no se hubiera hecho ya en Casino Royale.

Pero tras los mandos está Sam Mendes, el director de American Beauty o Road to Perdition, y junto a Craig no solo tenemos de nuevo a Judi Dench como M, sino a Javier Bardem como al villano y, atención, Ralph Fiennes. Y no perdáis de vista a una de las chicas Bond, Naomie Harris, a la que pocos hubieran imaginado en estas lides después de verla en Piratas del Caribe como Tía Dalma.